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Democracia y portaaviones

Pascual Gaviria

14 de enero de 2026 - 12:05 a. m.
“Es posible que el experimento de Trump lleve a una salida democrática en Venezuela, también es posible el caos y fracaso”: Pascual Gaviria
Foto: EFE - @NAVSOUS4THFLT

El gobierno Trump decidió bombardear territorios dominados por los narcos en Colombia y México. Desde hacía unas semanas, las amenazas se repitieron en diferentes entrevistas: “Vamos a empezar ya a golpear por tierra a los cárteles”, dijo el presidente norteamericano refiriéndose a México. Sobre Colombia la amenaza fue directa al Presidente Petro, de quién dijo era “una persona enferma” a la que no le quedaba mucho tiempo en el poder. Cuando le preguntaron directamente sobre una incursión militar en el país, respondió con una frase y una mueca divertida: “me suena bien”.

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Los ataques en México y Colombia fueron bombardeos puntuales en zonas dominadas por los narcos seguidos de capturas y traslados de sospechosos y sindicados a Estados Unidos. Los bombardeos en México se dieron en tres puntos en la frontera cerca a Ciudad Juárez y Sinaloa sobre supuestos túneles y dejaron 13 muertos, además se presentaron capturas de tres narcos pedidos por la justicia de Estados Unidos en dos condominios en las afueras de Sinaloa. En Colombia, las bombas cayeron sobre dos laboratorios de coca en el Guaviare y un embarcadero de narcos en los esteros cerca de Tumaco. En el Guaviare murieron 12 personas, mientras el ataque en Nariño dejó cuatro víctimas. No hubo capturas.

Hace una semana, la noticia no habría sorprendido a nadie. Trump ha dicho que su límite de acción lo define su “moral” y su “mente”. Además, las intimidaciones reiteradas tomaron un halo de realidad indiscutible luego de las bombas sobre Caracas y la remoción a fuego de Maduro y Cilia. Dos llamadas telefónicas de Trump con Petro y Sheinbaum dieron tranquilidad en Bogotá y Ciudad de México. Por lo pronto, parece que habrá más presión que ataques de precisión.

Pero la ficción no descabellada de una “ayuda” desde el norte entrega la posibilidad de reflexiones sobre los riesgos de las atribuciones de Trump.

Desde muchas orillas –más allá de la entendible alegría entre los venezolanos– se justificó y se celebró el ataque contra la cabeza de la dictadura. No hay duda que el abuso del régimen, el desconocimiento de los intentos democráticos reiterados de la oposición y la gran mayoría de la sociedad civil por un cambio, triunfos electorales legítimos desconocidos por la cúpula criminal, hacen que la salida de Maduro se entienda como un desbloqueo inevitable para la situación en Venezuela. También la imagen de un Maduro sometido es un alivio para desterrados, torturados y burlados por el orden represivo que impuso la pandilla roja, rojita. La revancha, además de una pulsión personal, es también un sentimiento político inocultable e inevitable. Cuando la justicia poética llega al teatro de la realidad, es lógico que el auditorio aplauda.

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¿Pero cómo se justificarían los ataques en México y Colombia? Ya que, para muchos, el derecho internacional se ha convertido en una ficción incapaz de defender sociedades sometidas al tiempo que eficaz para proteger dictaduras, ¿dónde se pondría ahora el límite a la moral de Trump? ¿Tocaría definir nuevas reglas internacionales, hacer más flexible el concepto de soberanía, confiar en el buen juicio de las potencias? ¿La actuación gringa en Venezuela implica de verdad riesgos para toda América Latina?

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Es posible que el experimento de Trump lleve a una salida democrática en Venezuela, también es posible el caos y el fracaso, y hasta el entendimiento entre el chavismo edulcorado y el magnate satisfecho. Cuando se comienza a disipar el humo y la celebración, vale preguntar si el chantaje desde Estados Unidos amenaza nuestras democracias, ¿si nuestros gobiernos, nuestras cortes, nuestros congresos pierden autonomía frente a los portaaviones bien fondeados? ¿Si pasa lo mismo con los electores? ¿Si la caída de un dictador nos puede llevar poco a poco al tutelaje del justiciero mientras celebramos?

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