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Rabo de ají

Campos de conducción

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Pascual Gaviria
28 de enero de 2026 - 05:05 a. m.
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Son lugares perfectos para las clases de conducción, una especie de antesala de meditación antes del ingreso a la batalla de los carriles. Pequeñas esquinas olvidadas o calles que no llevan a ninguna parte o carreteras muertas en las afueras o retazos de pavimento cerca a una cancha. La mayoría de la gente ignora esos recodos donde la ciudad se detiene. Por algún azar, han quedado en un punto muerto y ahora cunde el silencio, son las garitas para oír el ronroneo que entrega la ciudad de todos los días, el murmullo que dejan los giros de su motorcito de gasolina, de pilas, de cuerda, de ansiedades.

Visito con frecuencia una de esas pistas mudas, en el pie de un cerro, al norte de la ciudad. No tiene ese sitio una belleza particular. Solo que parece una antigüedad sin el lustre opaco del desgaste, si lo comparáramos con un hombre, sería como esos adolescentes que se han graduado de templanza a temprana edad y se han convertido en ancianos prematuros.

Lo primero que me conmueve en el lugar de enseñanza son las clases en pareja. Casi siempre los hombres están enseñando a sus amigas, novias o esposas a manejar una moto. Son los tiempos delicados de las primeras lecciones, las horas de la comprensión. No verán ustedes a parejas peleando, no hay reproches, solo indicaciones mirando a los ojos, felicitaciones melosas, mansos llamados de atención. Y las risas que siempre acompañan las primeras torpezas. Es seguro que, después de esas clases, las parejas se entregan renovadas licencias. Si quieren ver ternura no vayan al cine ni a los parques ni a las ciudades de hierro, caminen al final de la mañana hasta esos secretos campos de conducción.

Pero no todo se queda en el romanticismo del freno, el clutch y el acelerador. Este parque involuntario tiene además una fauna variada de perros y gatos callejeros. Porque hay vida más allá de los talleres, las plazas de mercado y los basureros a cielo abierto. Los fines de semana, las mascotas y los animales de campo tienen encuentros cercanos del tercer tipo e intercambian olores desconocidos: talcos contra pantano, almendras de los paños húmedos vs. cobijas de la carreta del reciclador. Los gritos de algunos amos son lo único que rompe la calma del lugar.

Allí nunca faltan los espectadores ensoñados que vigilan la pista desde unas terrazas construidas para dar estabilidad a la base del cerro. Allá están siempre los solitarios. Hombres o mujeres en actitud de meditación. Algunos dejan ver el humo frondoso de la hierba o la fumada deshecha del tabaco. Piensan desde lo alto ¿califican las lecciones, reprueban a los alumnos, envidian el candor de los profesores? “Cada hombre, en la noche, lleva un problema”, escribió Roberto Arlt pensando en los caminantes que desafían la oscuridad y el silencio en las ciudades. También he visto algo en la frente de esos silenciosos que parecen juzgarse recostados contra el cerro.

Son habituales en ese paraje los hombres que caminan empuñando un palo. Tienen algo de pastores sin rebaño, de pensadores sin mucho seso. No amenazan ni buscan defensa, llevan su bastón con total naturalidad. Si salieran de ese pequeño oasis, si caminaran doscientos metros, serían tenidos por locos y la gente se cambiaría de acera al verlos. Pero al lado del cerro parecen listos a soltar un pequeño sermón: “con la vara que midáis seréis medido”.

Corcovean los carros y las motos, todo transcurre muy despacio en la pista, quienes corren o patinan o caminan pasan de largo por ese lugar espeso, cubierto cada tanto con la plaga de pelusas que dejan los grandes balsos que dan sombra a lado y lado. A las seis de la tarde, el lugar está vacío. No es un sitio apto para la oscuridad, nadie se atreve a averiguar las lecciones que podría dejar el cambio de humor de su noche.

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