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20 Apr 2022 - 5:30 a. m.

China covidista

En China ha comenzado el momento de los trapos rojos. No se trata de las banderas al aire con motivo del 20° Congreso del Partido Comunista Chino, que se realizará a finales de este año y muy seguramente le entregará un tercer período al presidente Xi Jinping. En cambio, es el momento de las protestas por la falta de alimentos y medicinas, y de los gritos desesperados desde los apartamentos convertidos en galpones. En nuestras ciudades los trapos rojos fueron señal de desamparo frente al miedo y las restricciones por la llegada de la pandemia, grito de auxilio por hambre y agotamiento que ya recordamos en la nebulosa del long COVID. China vive hoy, luego de casi dos años y medio de su caso cero, ese primer momento con símbolos distintos: no se agitan los trapos en los balcones y las ventanas, pero sí se grita por las redes, se choca contra los escudos de la policía biosegura, se desobedece en nombre de la rabia y la impotencia.

El gobierno comunista sigue jugando al miedo extremo, al terror frente al virus, a una estrategia que niega los riesgos. Es la mejor demostración de que las diversas reacciones oficiales frente a la pandemia responden en buena parte a la política, a las urgencias de los gobiernos, a las posibilidades de control sobre la población y al carácter democrático de cada país. China es la vara perfecta para evaluar las medidas que se tomaron en todo el mundo: un termómetro de represión anticientífica y locura colectiva. Su estrategia cero COVID (contener el virus con medidas de control social) es una apuesta política de la que hoy parece imposible escapar. Lo que al comienzo parecía un filtro perfecto, elogiado por muchos y seguido por democracias como Australia y Nueva Zelanda, hoy es una trampa de la que parece imposible escapar. El gobierno no puede desmentirse, a pesar de las evidencias científicas. “La victoria viene de la perseverancia”, dijo el presidente Xi hace menos de un mes frente al politburó. Una buena parte de la gente no puede salir de sus casas, hay cerca de 37 millones de personas confinadas en el país y solo en Shanghái están activos 200 centros de confinamiento obligatorio en escuelas, coliseos y torres de apartamentos confiscados.

El mundo comienza a mirar a China como a una extraña anomalía, como un paciente al que se le han aplicado los remedios más fuertes, la terapia de choque, y es el más enfermo cuando han pasado dos años del inicio de la pesadilla en uno de sus mercados húmedos y turbios. Pero la fiebre del descontento ha comenzado a desplazar al terror por el COVID. El año pasado el doctor Zhang Wenhong, el más importante epidemiólogo chino, dijo que tal vez era hora de pensar en coexistir con el virus y fue tratado de traidor que buscaba debilitar la gran estrategia nacional. Hace unos días el doctor Zhang habló de una “estrategia más sostenible” frente al virus y la reacción de muchos ciudadanos en redes fue de apoyo y agradecimiento. La palabra “libertad” apareció y algunos científicos locales se atrevieron a señalar que los daños de las medidas podrían ser mayores que las consecuencias por el crecimiento de los casos de ómicron.

El terror es un arma muy poderosa y no necesita evidencia para ser propagado. Solo amenazas, recriminaciones, mentiras alarmantes, drones parlantes llamando a controlar los impulsos… El lunes de esta semana murieron dos personas por COVID en Shanghái, tenían entre 89 y 91 años, y según el gobierno eso no pasaba desde hacía dos años. Nadie sabe quiénes son los muertos. Dos fantasmas pueden encerrar a 25 millones de personas. Mientras tanto, el poder chino prefiere las pruebas a las vacunas, prefiere el control a la inmunidad.

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