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25 May 2022 - 5:30 a. m.

Delirios de embalaje

El mes previo a la primera vuelta es siempre un juego desesperado. El momento para los arrebatos del estratega, para usar los últimos dardos nada tranquilizantes, las teorías conspirativas y los anuncios de la llegada de la pólvora que entre nosotros es siempre una posibilidad. El final de la campaña es un reto de adrenalina para mantener en tensión a los votantes ya decididos y llamar la atención de los indecisos, tirarles un anzuelo brillante, una consigna, una mentira, un insulto efectivo a un rival, una propuesta indecente. El liderazgo de Petro en las encuestas ha entregado un ingrediente nuevo en un país donde la izquierda no ha gobernado (aunque algunos historiadores dicen que la Revolución en Marcha de López Pumarejo fue efectivamente un gobierno de izquierda) y donde llevamos dos décadas lidiando con el fantasma de la Venezuela chavista y otras histerias anticomunistas.

Una visita a la cárcel fue el primer campanazo del último mes. Un sello de entrada a La Picota complicó la campaña de Petro, que solito, con sus ánimos entre demagógicos y pedagógicos, se iba echando la soga al cuello. Luego de poner en juego eso del “perdón social”, le tocó alejar a su hermano de la campaña, esconderlo tras la picadura de un alacrán y soltar explicaciones magistrales que incluyeron a Jacques Derrida para evitar un jaque. El Petro que mostraba credenciales cuasipresidenciales en sus visitas a jefes de gobierno se vio como estudiante tembloroso. Pero pasaron los días y el turismo carcelario se volvió anécdota.

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