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Efecto trasteo

Pascual Gaviria

29 de julio de 2026 - 12:05 a. m.

El gobierno de Petro agoniza en medio del caos. Señalamientos entre funcionarios, feria de contratación, declaratoria de emergencia para mover platas de urgencia, renovados escándalos de corrupción, influenciadores oficiales con ataques repentinos de autocrítica, candidato derrotado del Pacto en un silencio de papel secundario, llamados lánguidos a la desobediencia, feria del sombrero, trasteo de la espada y el presidente como un parlante al que se le acaban las pilas y cada vez suena con menos nitidez y menos volumen. El alud de propaganda oficial ha cesado luego de la campaña y las gráficas expuestas en los últimos consejos de ministros les son indiferentes hasta a los subalternos reprendidos.

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Se respira un ambiente de fatiga y frustración. Se ve un jefe de jefes exasperado con sus cercanos y con la realidad. Un incomprendido para el que sus subordinados no estuvieron a la altura, la mayoría de los ciudadanos no entendieron sus prédicas, el mundo se acaba por la indolencia ante sus advertencias y los poderes mundiales quieren silenciar su palabra certera y revolucionaria.

Petro celebró hace poco con tres de sus camaradas aquel juramento en el Cerro Juaica, hace exactamente 50 años, donde prometieron que uno de ellos sería presidente. “Desde chiquito se los dije”, les soltó Petro al encontrarlos en esa mítica peña entre Tabio y Tenjo. Pero ese destino cumplido no ha sido suficiente para el presidente que se alista a dejar la Casa de Nariño. Gobernar resultó ser algo muy pequeño para sus aspiraciones transformadoras. El trabajo fue un estorbo para sus fines. La democracia suele ser frustrante para los revolucionarios. Y la agitación popular es un consuelo momentáneo, una embriaguez efímera, un placebo. Queda el interrogante de otros venenos para el olvido que muchas veces se hacen indispensables en el poder.

La personalidad del presidente fue el mayor escollo de su gobierno. Su aire de poeta ensimismado, carcomido por la infelicidad del poder, lo hizo distante, incapaz de construir un liderazgo más allá de la obediencia. Eso facilitó que fuera cercado por figuras, casi siempre mujeres, que lo protegían mientras lo aislaban. Paradójicamente, Petro resultó ser paranoico e ingenuo al mismo tiempo. Estaba convencido de la lógica de sus años de subversión –cree que es un adelantado pero en realidad es una figura anacrónica–, de la obediencia de sus “cuadros” recién formados bajo sus enseñanzas altruistas y su inteligencia demoledora. También creía que el ELN se rendiría frente a su historia guerrillera y su discurso libertador. Petro se embelesó con su propia épica, se levantó un pedestal que era solo una tarima, y se blindó con unas certezas traídas de la atención y la obediencia temporal de un presidente.

La prensa y las redes envolvieron su incapacidad de entregar la razón, de rendirse ante los fracasos y los errores, de reconocer sus debilidades y limitaciones. Eso lo llevó al frenesí de respuestas, defensas, ataques, delirios creativos y maniáticos. Ese frenesí de profesor experto y magnánimo no lo dejaba ni seguir las letras al escribir, estaba seguro que su genialidad era tal que sus balbuceos en X eran suficientes.

Ahora desconoce su derrota pero sabe que eso no tiene consecuencias reales. Es solo una pataleta personal. No puede aceptar que su gobierno no logró retener el poder, no puede cargar con el lastre histórico de esa derrota marcada en buena parte por su talante. Solo quiere dejar un pie de página en su biografía. De nuevo su historia está por encima de la realidad, de las reglas, del Estado. El presidente sale con una extraña frustración exaltada, despertando de un sueño que quiere creer satisfactorio pero al mismo tiempo lo atormenta.

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