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El Aberaldo

Pascual Gaviria

27 de mayo de 2026 - 12:05 a. m.

A una semana de las elecciones presidenciales, el diario El Heraldo voceó su candidato en un editorial. Escribieron que tal decisión se tomaba “en aras de garantizar máxima transparencia informativa”. “No queremos mentirles, vamos a impulsar la candidatura de El Tigre”, parece ser el argumento de la dirección. Paso seguido explica por qué de la Espriella es la mejor opción para evitar “la crispación inducida desde el resentimiento ideológico o la revancha política que nos ha enseñado a odiarnos para dividirnos”. Y señala a Abelardo como un hombre ideal para lograr la “serenidad institucional y retomar consensos”. También presentan al candidato como apto para combatir el sectarismo. El editorial resultó, además de humorístico, relevante para el eterno debate sobre el periodismo militante.

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Desde el final del Frente Nacional los periódicos colombianos fueron dejando la tinta roja o azul. La violencia partidista terminaba y los medios aportaban para bajarle al sectarismo violento. La polarización de la época que incluía la pluma y el machete. A finales de los setenta, los partidos fueron languideciendo y la prensa buscó otros entusiasmos. A mediados de los ochenta Enrique Santos, director de El Tiempo, lo tenía claro: “Los periódicos hoy en día se tienen que manejar con un criterio comercial, como una fábrica de carros o de jabones”. Con la Constitución del 91 y la apertura política quedó claro que la prensa miraba con desdén al viejo bipartidismo. Más análisis y menos militancia, menos adhesión automática, más escrutinio sobre los hechos, algún pudor frente al activismo y un poco más de respeto a la audiencia.

El Heraldo regresó a la militancia más frontal. Semana lleva ya tiempo con la lógica de los influercers; declarar su apoyo sería redundante. El asunto no es solo ideológico, o regional, como lo quiere pintar El Heraldo. La audiencia quiere identificarse, necesita comprobar que su excitación tiene razones, quiere subrayar sus propias ideas en “letras de molde”. De modo que el afán de supervivencia puede llevar a los medios a dejarse guiar por la opinión pública. Algo similar hizo El Tiempo en 2005 cuando se tramitaba la reelección de Uribe. Después de 18 editoriales sobre la iniciativa, terminó por convencerse a sí mismo: “En la nómina figura, por supuesto, el presidente Álvaro Uribe. El líder que, sin restarles méritos a los demás, nos parecería el mejor calificado para gobernarnos en el cuatrienio que viene”.

La discusión en Colombia recuerda la reciente polémica en la BBC que le costó la renuncia a su director general, Tim Davie, en noviembre pasado. Un memorando de un asesor externo dejó claro que temas sensibles (elecciones en Estados Unidos, conflicto Israel-Palestina, cuestiones de género) habían sido cubiertos con claros sesgos editoriales que llevaron a omitir información o editar convenientemente declaraciones oficiales. Los más críticos señalaron que la BBC se guiaba más por causas que por hechos, elegía una narrativa moral y la acompañaba de reportería y edición confirmatoria. Los más condescendientes hablaron de una inclinación involuntaria inducida por la homogeneidad en su sala de redacción. Los peligros de la adhesión moral de los reporteros, del llamado periodismo de compromiso, de la idea de persuadir antes de informar, de la convicción de no ser imparcial entre el bien y el mal.

Las únicas opciones no pueden ser el activismo frentero o taimado, ni el cinismo de disfraz de periodista. Tampoco el llamado al ideal de la imparcialidad; nadie es el fiel de la balanza. Lo peor sería dejarse reclutar por la horda de las redes. Tal vez algo de lealtad con los hechos, de sinceridad frente a la postura ideológica, de diversidad política al interior y de sarcasmo autocrítico podría servir.

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