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Rabo de ají

El lado oscuro de la Tierra

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Pascual Gaviria
08 de abril de 2026 - 05:05 a. m.
“Esperemos que el actual reality cósmico nos entregue las ensoñaciones y divertimentos del lado oscuro de la Luna”: Pascual Gaviria
“Esperemos que el actual reality cósmico nos entregue las ensoñaciones y divertimentos del lado oscuro de la Luna”: Pascual Gaviria
Foto: EFE - NASA / HANDOUT
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Tiene mucho de sueño esa imagen de la tierra que nos llega desde la escotilla de la nave Orión recién empujada hacia la Luna. El silencio, la oscuridad, el movimiento convertido en una extraña quietud. “En el sueño somos el ser de un Cosmos”, escribe Gaston Bachelard, quien interpreta la ingravidez como una necesidad onírica y poética, un vuelo siempre dulce y difuso. La furia del incendio del despegue nos lleva a una noche nueva, embriagante.

Estando un poco más cerca de las estrellas, puntos que los hombres han unido creando seres que les ayuden a la memoria y la superstición, aparece otro milagro señalado por el mismo Bachelard: la nebulosa que forman las estrellas, la leche derramada de la vía láctea, “este requesón aéreo que forma una vida imaginaria. La leche de la luna cae y baña la tierra…”.

Pero los tripulantes de Orión están en la oficina, deben dejar la filosofía para el regreso. Dijeron estar deslumbrados por la hermosa vista de la tierra, pero unos minutos después tuvieron que aterrizar en sus pantallas para cotejar datos y transmitir valores hasta la tierra que parece ajena a sus estragos.

Viendo las imágenes de los astronautas, algunas veces concentrados, otras risueños ante las cámaras, otras cavilosos por las ventanillas, pensé en algunos viajes que nos ha dejado la literatura. Los cuatro tripulantes de la Misión Artemis II tienen algo de los tres viajeros de la enorme bala cilíndrica impulsada por un cañón de 900 pies de largo que viaja en Alrededor de la Luna, de Julio Verne. Un francés y dos americanos que, por una pequeña desviación en el camino, no llegaron hasta el centro del satélite y debieron contentarse con mirar por la ventanilla. Viven la misma ingravidez a la que llaman “física recreativa”: “en el mismo instante varios objetos, armas, botellas, abandonados a sí mismos, se sostuvieron como por milagro”. También hablan de afán del “contemplar el globo donde hormiguean nuestros semejantes” y quieren mandar cables hasta la Tierra. La diferencia es que almuerzan con conservas y buen vino francés, discuten sobre la existencia de los selenitas y van acompañados por dos perros –Diana y Satélite– que orbitan alrededor de su nave. Y una no menor, no tienen idea de cómo regresarán a la Tierra. Posiblemente el impulso de un volcán lunar, piensan. El libro de Verne es un intento de divulgación científica envuelto en el papel aluminio de una nave de ficción.

El Viaje a la Luna de Cyrano de Bergerac, publicado en 1657, tiene intenciones muy distintas aunque el mismo combustible para el despegue. Ahora es un solo hombre quien acude a la pólvora partiendo desde Canadá. Al apagarse los cohetes, el impulso final lo entrega el cuarto menguante de la Luna que chupa la médula de los animales. El viajero había cubierto su cuerpo de tuétano luego de la caída en un despegue fallido. Al llegar a ese paraíso perdido comienza la descripción de un mundo contrario a la tierra. Sus habitantes lo hacen pregonar que la Tierra es Luna y la Luna es Tierra. En las cantinas se paga con poemas, los hombres llevan penes de cobre colgados al cinto en vez de espadas. No pueden creer que en la tierra los “instrumentos de generación pasan por ignominiosos y los de destrucción por honorables”. La vida en la Luna es una caricatura para avergonzar a los hombres. Al discutir, los selenitas suenan como una sinfonía, la voces son violines, violas, contrabajos. Y hasta los más jóvenes son sabios, llevan consigo instrumentos como relojes que entregan los libros en la voz de sus autores: “decidí poner los libros como pendientes de las orejas y salir a caminar”, dice el terrícola.

Esperemos que el actual reality cósmico nos entregue las ensoñaciones y divertimentos del lado oscuro de la Luna, ya que no tenemos a nadie en el satélite para mostrar nuestro lado oscuro.

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