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Rabo de ají

El proceso

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Pascual Gaviria
17 de junio de 2026 - 05:05 a. m.
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La cancha se ha convertido en un juzgado. Terminan las jugadas en el área y es imposible celebrar los amagues, los remates, las atajadas. El juego no es concluyente y autónomo, solo entrega las pruebas que serán evaluadas por un tribunal de siete miembros: un central, dos árbitros asistentes (jueces de línea), el cuarto árbitro, un jefe de vídeo (principal del VAR) y sus dos asistentes. Cuando sucede algo relevante en la cancha, comienza el proceso. Es necesario, entonces, observar al juez que se lleva la mano al oído para escuchar al todopoderoso que revisa frente a las pantallas. La expectativa queda en poder de la burocracia judicial. El fútbol es ahora el sueño de los justos. “Queremos emociones limpias e hinchas fieles a la balanza de la justicia”, parecen decir los directores de la corporación.

La FIFA carga algo de remordimiento por los torcidos permanentes en sus oficinas, la turbiedad ambiente en su área chica, y ha decidido, de la mano de la International Football Association Board (IFAB), activar un aparatoso sistema de vigilancia y juzgamiento. Lo que vemos desde la tribuna o frente al TV es un simulacro borroso de la realidad geométrica del VAR, de su versión en cámara lenta y su línea punteada sensible al toque del chip con forma de balón, y de la interpretación asistida del sudoroso presidente del tribunal. Además, cada vez los árbitros tienen la obligación de ser más suspicaces y revisar más conductas: ¿qué se dijeron los rivales?, ¿qué significan sus gestos?, ¿qué grita la tribuna? Muy pronto habrá un escuchador e intérprete de lenguaje en las cabinas, será el VAR 3, encargado de examinar las palabras de los jugadores que llevarán al terreno un obligatorio micrófono de solapa.

Pero los jueces no son la única instancia para encontrar la divina justicia en las canchas. La IFAB es un parlamento cada vez más activo para entregar competencias y herramientas al tribunal en campo. Es, por supuesto, una institución centenaria que dominan ingleses, escoceses, galeses e irlandeses quienes tienen cuatro curules, las restantes 207 federaciones eligen otros cuatro representantes para igualar las cargas. Un pequeño y extraño parlamento que tiene un panel consultivo futbolístico y otro técnico, y subcomités y comisiones y así. Ese órgano legislativo se ha visto tomado por un creciente fetichismo legal. Antes, para saber cuándo había un penal por mano en el área, el árbitro debía evaluar la intención. Pero la IFAB y la FIFA quieren normas claras. De modo que hoy en día el juez debe sacar el código mental antes de sancionar un penal por mano: “definición anatómica del brazo”, “volumen natural del cuerpo”, “posición justificada por el movimiento”, “rebote de un contrario”, “rebote del propio jugador”, “gol directamente con la mano”, “gol de un compañero luego de la mano”. La confusión es total y ya se habla de posibles tribunales de apelación para los penales sancionados por la ley 12. Y falta la jurisprudencia de Pierluigi Collina.

Todo se ha hecho más pesado y reglado. Se juega menos pero se acosa más. Ahora los árbitros acosan los saques de meta y de banda con un conteo militar, y dejan afuera un minuto a las víctimas de una falta, una pequeña injusticia entre tanta justicia. El reloj es la nueva obsesión de un juego cada vez más largo e interrumpido. Y para dejarlo todo claro, ahora los partidos se suspenden tres minutos en la mitad de cada tiempo. Ese pequeño gran cambio, esa pausa que de verdad puede decidir los partidos y rompe el juego, no pasó por el legislativo. Se coló por decreto del ejecutivo, por precauciones médicas del justiciero Infantino. Porque no todo puede ser vértigo. La caja registradora tiene sus tiempos y los balances están un escalón arriba de la balanza.

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