Los gringos putañeros han tocado a mi puerta. Llegaron con su sonrisa y su generosidad para el portero del edificio. Trajeron además un guía culebrero para que les ayude con sus vueltas y sus citas. Un taxista que es a la vez escolta, mensajero, consultor legal e ilegal, agente inmobiliario y dealer. El primer día que lo vi, venía acompañado de dos jóvenes a las que se les intuía la tarjeta de identidad. Lo miré por la ventana con el ojo inquisidor de mi celular y comenzó a insultarme como un energúmeno. No pude más que responderle con la misma devaluada moneda. Cerró su puerta blindada para acallar mis insultos y a los tres minutos había sacado de afán a una de sus “amiguitas”. Con paciencia y ya menos rojo recibió a la policía. Entraron, hablaron, buscaron y salieron. Pero al menos quedaba una advertencia.
En realidad, algunos extranjeros con parejas de día de por medio ya vivían aquí desde hace unos años, pero ya han perdido las energías y ahora tienen un perro o una moto. También sufrieron el escarmiento del robo y la pesadilla de la escopolamina. Han ganado en años y temores.
Ahora espío el reciclaje del nuevo propietario en el cuartico del shut: vodka, cervezas, cajas de pizza, vodka de lulo… Todo normal. Muchos días tras su puerta asoma el sonsonete de la música electrónica o el beat de reguetón. En las noches se repiten los domicilios, desde el Rappi corriente hasta el Spark con alerones y vidrios oscuros. El gringo desaparece un mes y deja un amigo en su lugar. Cambian un poco las rutinas y los gustos, pero se repite la trama.
La señora del primero se murió hace poco, el señor del segundo ya está en edad de jubilarse y se fue seducido por el silencio. La pareja del tercero se aburrió porque su hija de tres años no tenía con quién jugar. Y los gringos siguen llegando con sus maestros de obra detrás para las remodelaciones de rigor. Martilleos y polvo son su marca de llegada… y de permanencia.
Hace unos días notificaron a la administradora que ya son oficialmente los dueños de edificio: “Tenemos el 61 % de la propiedad, se vienen tiempos emocionantes para El Remanso”. Sí, ese es el nombre del edificio, un poco de cinismo involuntario. Hablaron de remodelar las ventanas y la entrada. Ya eligieron el contratista. Luego nos pasarían la cuenta de cobro. Y continuaron con las elecciones: “para presidente queremos elegir a Shawn, para vicepresidente a Brad, para secretario/tesorero a Peter”. El 45 % de las familias en Medellín viven en arriendo. Hace 10 años la cifra llegaba al 36 %.
Recordé “La casa tomada”, un cuento un poco insípido de Cortazar donde dos hermanos van perdiendo pieza a pieza, puerta a puerta, la casa de sus abuelos donde pretendían vivir. Allí los usurpadores son unos susurros nunca vistos, un temor de fantasmas, aquí son la estridencia, el desprecio, el asco. Hay un jacuzzi gigante en el parqueadero de uno de los gringos. Su peso podría desfondar el segundo piso. Los pesos lograrán el permiso.
La historia se repite en decenas de barrios. Desde las tiendas señalan a un mono en chanclas que es el dueño de 30 apartamentos. Sitios web entregan reseñas para encontrar mujeres bellas y femeninas en Medellín. Un viaje para recuperar la seguridad de conquista. Las niñas y jóvenes engalanadas se bajan de las motos de las aplicaciones de transporte y anuncian su llegada por WhatsApp. Un etnógrafo reseñaría la escena en la primera página de su libreta.
El portero me ha notificado tres veces en la última semana que han comenzado a preguntar por nuestro apartamento. Pasan caminando y señalan. Miran y escogen. Un amigo les recomienda y ofrecen. Nuestro único guardián es el gran danés de la señora del segundo piso. Ya instalamos el letrero: “Beware of dogs”.