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Herejías sobre un profeta 

“Gonzalo Arango no fue un poeta precoz. Hace días, el poeta precoz que dirige el Caro y Cuervo retrató su vida en un sermón”: Pascual Gaviria
Foto: Archivo Particular
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Gonzalo Arango no fue un poeta precoz. Llegó tarde a muchos vicios, a muchas tareas y proclamas. Un adelantado, dicen, pero la verdad es que iba a la zaga, maduraba lento y a medias. Fue un niño campesino hasta los 17 años cuando bajó a Medellín para terminar el bachillerato. Era un alma de dios cuando se alargó los pantalones para leer su primer libro, una novelita rosa de Lamartine. Iba a misa, rezaba el rosario y creía hasta en la Santísima Trinidad. Él mismo contó el día de su muerte como acólito pueril. Fue en una iglesia en el barrio Aranjuez. Entró ferviente y vio a tres obreros fumando cerca del altar. “No fumen porque ofenden a Dios”, les dijo. Y uno de ellos se puso el cigarro prendido a una altura inapropiada y le dijo, “mira a tu Dios”. El niño salió corriendo a la casa cural y le puso la queja al sacerdote que le juró que iría a expulsar a los impíos. Gonzalo Arango se quedó esperando los azotes a esos mercaderes de la nicotina. Pero el cura nunca llegó. Habían burlado su fe y su rabia.

“En adelante, mi religión, mis dioses, mis ritos, mi sentido de salvación y del infierno convivirían conmigo en el reino de la belleza”. De ahí nunca salió la vida creativa y publicitaria de Gonzalo Arango. Dio tumbos contra todas las luces como una chapola, golpeando el bombillo para romperlo unas veces, o rondándolo a manera de cortejo. Así hizo con el poder, con sus fanáticos, con la gran prensa, con el comunismo y el capitalismo, con sus colegas, con las drogas y el dinero, con los bandidos y los curas. La contradicción permanente, la duda, las idas y las vueltas fueron su recorrido. Por eso mismo desengañó a tantos y tantas.

Hace unos días, el poeta precoz que dirige el Instituto Caro y Cuervo retrató su vida en un enardecido sermón de tres minutos y medio. No fue un homenaje ni un recorrido por su obra, siempre dispersa, ni un recuento de sus hazañas alucinadas, sus canazos, su mar de cartas y sus panfletos. El director, pueril como el Gonzalo de Aranjuez, hizo una diminuta hagiografía. El recorrido de un hombre aterrorizado por la nada y el cinismo, atizado por el odio de clases y el nihilismo, seducido por las drogas y el libertinaje, un hombre que dejó atrás ese camino y abrazó a dios. Y “cegado por el resplandor de la fe” fue camino al cielo cuando iba rumbo a Villa de Leyva. La versión de un Gonzalo Arango converso es a la vez provocación, ignorancia rancia y sermón oficial. El profeta del abelardismo describe la caída del profeta del nadaísmo, nos cuenta cómo tocó fondo al lado de “la izquierda que prometía utopías para entregar sangre y fanatismo”, y nos asegura que dejó las barricadas para abrazar a la providencia divina.

La mentira no es piadosa. Arango no fue rojo en su juventud y creyente en su madurez. Fundó el nadaísmo a los 27 años, llegó tarde también a esa rebeldía, y fue desde ese momento un descreído de ideologías. Se describió como un escritor burgués: “para mí la revolución obrera significa tanto como el estallido de un Alka-Seltzer”. Al contrario, más tarde, ya crecidito, abogó por Fidel y la revolución en los malos ratos del caso Padilla. El asustadizo director del Caro y Cuervo ve al joven profeta como una amenaza, igual a la policía y los obispos de hace sesenta años.

No hubo conversión, solo ires y venires, Arango reivindicó su rebeldía hasta el final, dejó de creer en el escándalo del Nadaísmo por ser una diatriba muy larga, y dudo de sí mismo, se reveló contra su ego, esa fue su gran transformación, quería crear más y arengar menos. Renegó de su éxito temprano e inmerecido. Tenía más de cuarenta, también llegó tarde a ese desengaño. Pero siempre despreció a los espíritus puros, sin carne.

En algo tenía que ser precoz, encontró la muerte contra un camión a los 45. Y nunca se imaginó que un niño poeta lo convertiría en sus apócrifos evangelios.

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