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22 Jun 2022 - 5:30 a. m.

La hoja y la vida

Gustavo Petro está marcado por cuatro décadas de historia de Colombia. Se ha movido en todas las aguas, en las turbias, en las agitadas, con la corriente en contra y con los impulsos de un nuevo caudal. Si la política entregara triunfos por experiencia, por recorrer un camino en instituciones, logros, tragedias, por ser protagonista de las noticias cruentas y las reseñas democráticas, Petro habría sido el presidente por aclamación y su hoja de vida sería insuperable en cualquier terna elegida o recomendada.

El nuevo presidente de Colombia estuvo en los días del entusiasmo de esa guerrilla urbana, algo folclórica, que decía que la revolución era una fiesta y pretendía empujar un cambio a punta de propaganda y plomo. Todo terminó con el “holocausto” del Palacio de Justicia, un crimen inolvidable para el país. No hubo fiesta, el título de un libro de Alonso Salazar, describe bien en qué terminó la aventura del M-19 y otros, en los tiempos del miedo al Estatuto de Seguridad. La guerra de los carteles arreciaba y lo del Eme quedó muy pronto bajo el encanto del perdón. Las bombas y los magnicidios hicieron que la guerrilla tuviera una oportunidad pronta y generosa. De modo que Petro estuvo en los procesos de negociación de finales de los 80, que marcaron un camino para los que vendrían, uno tras otro, en distintos gobiernos y con distintos grupos armados.

Fue parte, en un papel de reparto, del proceso constituyente de 1991, que nació de un movimiento estudiantil y puso a Colombia en el siglo XX. El domingo pasado, en su discurso de celebración, dijo que se necesitaba una Constitución viva; eso debe implicar su respeto, la confianza en las herramientas y los límites que la conforman. Luego de los 90, de la tormenta de Samper y las aguas pandas de Pastrana, del fracaso de su intento con las Farc, Petro fue uno de los grandes protagonistas durante los ocho años de Uribe en el poder. En sus primeros días como representante a la Cámara denunció la infiltración paramilitar, luego sufrió un exilio de unos meses y durante ocho años se encargó de señalar y develar el terrible poder paraco y sus relaciones asesinas, su simbiosis en algunas regiones con el poder político y económico.

Su triunfo es también un efecto del Acuerdo con las Farc. La izquierda armada, su largo fracaso de sangre en Colombia, convirtió al país en una anomalía política en América Latina. El primer presidente de izquierda elegido en Colombia (algunos historiadores hablan de López Pumarejo) tiene mucho que agradecer a ese Acuerdo, a una desmovilización casi 30 años después de la suya. El triunfo de Petro también se gestó en La Habana.

Igualmente el paro nacional, el estallido juvenil que Petro entendió mejor que ningún político y que hizo de su figura reconcentrada —el candidato de las eternas grandilocuencias, un hombre inspirador para muchos jóvenes— una imagen para los afiches y la pintura de los indignados. Petro encarnó, por oportunidad e historia, la gran figura frente a la caída del uribismo.

Petro fue relevante en las más recientes encrucijadas del país, su triunfo viene de todo menos casualidad. Los riesgos que implican su temperamento y sus decisiones erráticas muchas veces, su voluntarismo desordenado, son otra cosa. Pero el presidente que se posesionará el 7 de agosto ha jugado en todos los tableros y ha sido una ficha marcada por todos los tiempos. Tiene cuatro años.

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