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Pascual Gaviria
02 de septiembre de 2026 - 05:05 a. m.
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Hace 50 años, el primero de enero de 1976, Venezuela celebraba la nacionalización del petróleo de la mano del presidente Carlos Andrés Pérez y el Congreso de la época. El impulso había comenzado unos cinco años antes con Gadafi en Libia, seguido por Irak, Argelia y el Medio Oriente en pleno. Antes de Carlos Andrés Pérez, el presidente Rafael Caldera había dado los primeros pasos y la sociedad venezolana quería ver el sello propio en el petróleo propio. Era imposible ir a una contienda presidencial sin esa promesa. Todo fue tranquilo en la transición, más que un “exprópiese” fue un negóciese. Las multinacionales fueron compensadas por los años de concesiones que les restaban, fueron contratadas para servicios de tecnología y tuvieron plena participación en el trino de PDVSA.

La entrega de una quinta parte de las reservas de petróleo a Estados Unidos, que se acaba de sellar con una orden disfrazada de acuerdo, no se dio de una manera tan pacífica. Solo 27 días después de la captura de Maduro el Congreso venezolano aprobó una nueva ley de hidrocarburos bajo los lineamientos de Trump y Rubio. El punto de honor de más de 30 años frente al imperio se rompió en menos de 30 días. Obedecer para sobrevivir.

La entrega del petróleo era una obligación para el régimen de los Rodríguez. Pero el descaro del anuncio de Trump, que habló de regalo, el cinismo de las declaraciones de Delcy, que se mostró triunfadora y optimista, las condiciones del negocio que recuerdan las de hace 100 años bajo el mandato de Juan Vicente Gómez, causaron sorpresa e indignación por fuera de las dos partes interesadas.

El interinato lo tenía claro. En abril, Jorge Rodríguez habló de la absoluta prioridad de la economía. Se acabó la ideología, la soberbia, la soberanía: “Hay que producir con mucha rapidez más petróleo para tener más dinero, para poder recuperar un estado de bienestar con el que los venezolanos aprendimos a vivir en los tiempos del gobierno del comandante Chávez y en las primeras etapas del gobierno del presidente Maduro”. Antes clamaban por la libertad y hoy claman por su libertad. Solo la menuda que dejen los amigos de Trump los podrá salvar. Una leve mejoría en las condiciones económicas podrá hacer que esa primera etapa de “estabilización”, según la hoja de rapto de los gringos, se convierta en un periodo tan amplio y espeso como las reservas petroleras del país.

Poco queda de la ingenuidad de muchos luego del 3 de enero cuando Maduro fue sacado por los hombros. “Todo valía la pena, mejor Trump que Maduro…”, “a quién en Venezuela le interesa el Derecho Internacional, vale es el fin de la dictadura…”, “Las entelequias de los internacionalistas para proteger a los tiranos…”. Pero los negocios tienen una lógica distinta a la democracia y los marines lo saben. Venezuela se ha quedado con el pecado y sin el género. La mujer con mayor legitimidad política ha quedado por fuera de la ecuación. La nueva ley de amnistía aprobada por el Congreso Rodriguista prohíbe su entrada al país y en la Casa Blanca no le pasan al teléfono. Los líderes opositores que negocian cambios son excongresistas elegidos en 2015 y todavía exiliados. Van, negocian y deben salir para evitar riesgos y presiones. Delcy tiene libertad condicional por parte de Estados Unidos, y sus opositores tienen libertad condicional por parte de Delcy. Estados Unidos maneja los brazaletes electrónicos de ambos.

Un comunicado del Departamento de Estado firmado en junio dice que “EE.UU. seguirá apoyando los esfuerzos liderados por Venezuela que generen avances tangibles hacia una transición electoral pacífica y democrática”. Una farsa al aire libre, al estilo de la Casa Blanca.

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