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Pesadilla americana

Pascual Gaviria

18 de febrero de 2026 - 12:05 a. m.
“La trama Epstein nos ha enseñado que el secreto es tal vez el más codiciado de los lujos”: Pascual Gaviria
Foto: Agencia EFE

La trama Epstein nos ha enseñado que el secreto es tal vez el más codiciado de los lujos. Hablamos de la corrupción política, pero siempre estamos al tanto de sus resbalones y caídas. Su trabajo los obliga a exponerse, a mentir mirando a la cámara. El escarnio es parte de su trabajo. La farándula, bien sea de Hollywood o de la casa de los famosos, vive en buena parte de sus desgracias: es necesario llorar un poco para facturar. Los deportistas ganan casi lo mismo fuera de las canchas que en el área, de modo que sus arrebatos de discoteca también son comentados en los periódicos del lunes.

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Pero para algunos multimillonarios está reservado el privilegio de representar la figura inescrutable y misteriosa, un velo social para mantener una simulación personal. Epstein es un caso extraño. Logró desde sus comienzos, siendo un trabajador llegado desde la periferia de Nueva York, ese poder que cubrió sus primeros timos. Un hombre que mintió sobre su título académico, entró a Wall Street y robó millones a su segundo empleador, fundador de The Limited, una gran empresa de ropa, y siguió avanzando. La ganzúa del embrujo personal abrió una puerta de seguridad. Tampoco J.P. Morgan rompió sus relaciones corporativas con Epstein luego de su condena en 2008 por pagar a una menor por “servicios sexuales”.

Era el momento de usar los millones que había ido recaudando como una tarjeta de validación. Alguien con la mansión más grande de Manhattan, una isla, un jet privado y grandes negocios con J.P. Morgan tenía que ser brillante. El misterio de su fortuna se omitió, era imposible ver las huellas de ese camino al éxito, pero el resultado era suficiente. Trump tuvo un camino similar aunque más desfachatado, la estafa fue casi su orgullo.

La red de contactos alrededor de su figura fue una protección suficiente cuando dejó de ser invisible. La diversidad es lo más llamativo: políticos republicanos y demócratas, académicos silenciosos y banqueros de todos los ceros, actores y filántropos, activistas de derecha e izquierda, príncipes y abogados corporativos, artistas y automovilistas. Epstein era un genio del trato personal, se preocupaba por los gustos culinarios de sus invitados, hacía de psicólogo de millonarios tristes y consejero sentimental de académicos despechados. Ayudaba a suplir carencias de entretenimiento y atención. Y tenía el gran poder de conectar poderosos que se miraban con recelo o distancia, era un facilitador. Las mujeres eran otra de sus enseñas, la palabra harem aparece en algunos de los documentos de su caso. Las menores eran la carta intuida de su mesa de póker.

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Un podcast para The New York Times entre los periodistas Ezra Klein y Anand Giridharadas entrega un gran retrato de la red que hizo posible las sombras que cubrieron el primer momento de Epstein como “corredor de la élite”, y la inmunidad luego de su primera condena. Una vez terminó la invisibilidad se cerró el cerco de la solidaridad. En algunos casos, por compartir los delitos en su primer círculo; en otros, por sostener una amistad rentable; unos más, por la inercia de adular a un hombre exitoso y, algunos, por la cobardía de retar al poder: “el poder actúa como un hecho en sí mismo y cambia lo que otros hechos significan para otras personas”, dice Giridharadas. Su red creó un círculo vicioso, “si tantas y tan diversas personas siguen rodeándolo, cómo es posible que esté mal”. Si el presidente de Harvard y la principal abogada del gobierno Obama siguen a su lado es porque es correcto. No se juzgaba su carácter criminal, sino su poder de influencia. Epstein era el malo de un curso sin ningún reparo ético, el chico popular que manejaba los teléfonos, el director del recreo con acceso a los profesores y al rector. Y nunca se graduó.

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