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El presidente Petro ha entrado en una fase de exaltación marcada por el ocaso de su presidencia, el alza en su favorabilidad y la adrenalina de campaña, que es una de sus grandes debilidades. Los desafíos e insultos a funcionarios que se oponen a sus designios, la descalificación cada vez más agresiva a sus subalternos, las amenazas a la autonomía de alcaldes y gobernadores y el paso de los simbolismos para llamar poder popular a las órdenes cada vez más marciales a sus seguidores demuestran un cierto desequilibrio emocional y un riesgo democrático.
Toda esa cólera renovada tiene el marco de una nostalgia guerrillera que ha comenzado a ser cada vez más patente. Siempre percibí a Petro como un político orgulloso de su regreso a la democracia, del acuerdo firmado por el M-19 que marcó un impulso más a la Constitución del 91. Pero la nostalgia del monte, del impulso revolucionario armado, de la lealtad de los combatientes, ha comenzado a ser cada vez más visible. Su discurso ha pasado del pacto democrático al pacto de sangre.
En marzo del año pasado habló de su marca indeleble: “Los que fuimos del M-19 no aprendimos a hablar carreta. Fuimos oficiales de Bolívar y ese es un juramento que se lleva hasta el final, como una marca…”, le hablaba desde la Plaza de Bolívar al Congreso que había negado la reforma laboral. Cuando creíamos que la izquierda democrática y el Pacto Histórico tenían presidente, Petro salió con una novedad: “…al final dejamos las armas porque se nos dio la gana, nunca nos derrotaron y de ahí surgió un proceso civil de cambio del país, que dejó la nueva Constitución de Colombia, derogamos una de un siglo y ahora el M-19 tiene presidente”. También ha dicho que su vida en la guerrilla fue “mágica e histórica” y que allí lo protegían “los afectos y los amores”. En enero de este año, en un evento sobre sustitución de cultivos, dejó ver a su jaguar interior: “Yo sé cómo irme por las montañas... he ganado un tiempo para Colombia, no para mí”. Y luego de la operación que sacó a Maduro de Venezuela, vino el delirante llamado a su pueblo: “Confío en el soldado que sabe que es hijo de Bolívar y su bandera tricolor. Así que sepa que se enfrenta a un comandante del pueblo. Colombia libre por siempre. Oficiales de Bolívar: rompan filas y a paso de vencedores”. Ahí ya no era claro si estábamos frente a la película del Almirante Padilla.
Todo comenzó con su arrebato con la bandera de la guerra a muerte. Para el presidente era una simple disyuntiva entre libertad y muerte. Ese día, enguantado, dijo: “El pueblo está listo para el sacrificio por su libertad frente a las instituciones”. El presidente llamando a sus seguidores al sacrificio frente a decisiones institucionales que considera ilegítimas. El lunes de esta semana fue un poco más allá en uno de sus mensajes en X. Su arrebato húngaro tuvo un momento revelador y preocupante. En medio de sus distinciones entre revolucionarios y rebeldes, después de decir que Colombia ha iniciado una revolución, el presidente escribió: “La espada libertaria es nuestra unidad y somos mayoría y ejército del pueblo”.
Ese “ejército del pueblo” trae dolorosos recuerdos. Pero además de esa referencia, tal vez involuntaria, a las FARC, decir que sus mayorías –que están por verse– son un ejército es una amenaza. Es obligatorio pensar en los “colectivos chavistas” y en Maduro y su muy pregonada “fusión perfecta” entre la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, la policía y el pueblo organizado. Luego de perder las elecciones, Maduro habló de la “máxima unión y movilización popular, militar, policial perfecta”.
Preocupante que al final de su más importante ejercicio democrático, el presidente de Colombia haga tantos alardes de su vida armada, tan reiterados reclamos marciales y tan repetidos cantos a un ejército de copartidarios. Petro se ha vuelto un pacifista muy guerrero.
