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Rabo de ají

Salvador Nacional

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Pascual Gaviria
09 de septiembre de 2026 - 12:50 a. m.
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Hace un año, cuando Enrique Gómez Martínez se sumó a la campaña de Abelardo de la Espriella, el Movimiento de Salvación Nacional era una franquicia política que peleaba por la subsistencia, un partido que sonaba en los márgenes del umbral y de la anécdota pintoresca de un conservadurismo empolvado, lejos de la discusión pública relevante, más un álbum de familia que un actor del poder. Enrique Gómez obtuvo 48.000 votos en las presidenciales de 2022, superando solo a Ingrid Betancourt, Luis Pérez y los tarjetones no marcados, el 0,23 % de los votos válidos.

La gran fortaleza del movimiento era invocar una frase como un tic publicitario: el acuerdo sobre lo fundamental; la idea que acompañó a Álvaro Gómez Hurtado hasta su asesinato en 1995. Hasta hoy los estatutos de Salvación Nacional no definen qué es lo fundamental, solo se entregan una lista de lugares comunes que podría servir de molde para cualquier tendencia ideológica: “…la eficacia de la acción del estado (sic), la transparencia en el ejercicio de la función pública, el cumplimiento estricto y universal de la ley, la transformación de la justicia, la calidad de la educación, el consenso auténtico y efectivo con el desarrollo económico y el desarrollo ecológico y sostenible de la Nación”. Un acuerdo sobre lo insustancial.

En las elecciones de Congreso de marzo pasado el Movimiento parecía condenado a la combustión espontánea. Necesitaba alcanzar el umbral del 3 % para sostener su personería de una sola persona. Abelardo puso la cara del tigre en el logo y logró sacar cuatro senadores y un representante. Fueron 600.000 votos en el senado. Dos de sus senadores llevaron su propio caudal: Sara Jimena Castellanos los traía como diezmo de la Misión Carismática Internacional, iglesia cristiana fundada por su papá y su mamá; y Germán Andrés Rodríguez, alias “El Comandante de la Verdad”, sacó buena parte de sus setenta mil como influenciador desde su rol de reservista de la Armada.

Un mes después del performance de Abelardo en la presidencia, el exiguo Movimiento de Salvación Nacional ejerce como guía ideológica y pastor de la “manada”. El hermano de Enrique Gómez, quien fue su jefe de debate y ahora es presidente de la Comisión primera de Senado, es ministro de Hacienda, y su hijo ejerce como jefe de despacho del presidente. La institución familiar es una de las prioridades del gobierno.

Mucho se ha hablado de legitimidad luego de las elecciones. Dejando atrás la milimétrica victoria de ADLE en la segunda vuelta, inquieta pensar que un partido de extrema derecha, insignificante hasta hace unos meses, dicte hoy la cartilla antiderechos del presidente. Nuestro acuerdo sobre lo fundamental, la Constitución del 91, donde Álvaro Gómez Hurtado tuvo un papel fundamental, es ahora uno de los blancos de su sobrino. Los seiscientos mil electores de Salvación Nacional no representan a los más de doce millones de votos que obtuvo Abelardo. Los desencuentros con el Centro Democrático lo han dejado claro.

Ahora hasta los liberales se han declarado partido de gobierno, pero esperemos que el maximalismo de la lucha cultural, los arrebatos cristeros, los amagos discriminatorios y la salvajada propagandística encuentren freno. La defensa constitucional tan cacareada durante cuatro años no puede convertirse ahora en complacencia con el presidente y el movimiento agazapado que lo acompañó.

Ni los más pesimistas imaginamos que Abelardo iba ser un nieto adoptivo de Laureano Gómez e iba adoptar el grito de su vieja cruzada como amenaza y advertencia. No fuimos hasta los paras, antiguos clientes del presidente. Llegamos hasta los Chulavitas y sus arengas: “¡Viva Cristo Rey! ¡Mueran los rojos herejes!”.

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Alberto Rincón Cerón(3788)Hace 1 hora
Muy buena columna. Gracias, Pascual Gaviria.
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