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¿Cuál Abelardo nos va a gobernar?

Patricia Lara Salive

26 de junio de 2026 - 12:05 a. m.

¿Cuál Abelardo de la Espriella nos va a gobernar? El que en la campaña les advirtió a “los señores de la izquierda” que en él “tendrán siempre un enemigo acérrimo que hará todo lo que esté a su alcance para destriparlos”? ¿O el que en el discurso del triunfo, el pasado 21 de junio, prometió “gobernar para todos los colombianos” y les abrió los brazos a aquellos que no votaron por él?

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A juzgar por el tono de ese primer discurso, pero, ante todo, por los resultados electorales –que no solo no le dieron una victoria contundente sino que le mostraron que, para acabar con los “señores de la izquierda”, tendría que “destripar” a casi medio país–, el De la Espriella que va a gobernarnos será el que pronunció el discurso de la victoria.

Eso no solo es pensar con el deseo. Es lo único sensato que puede hacer: darles garantías y abrirles las puertas a todos los que opinan distinto. Porque Colombia es una nación fracturada, golpeada por la violencia, que no ha sido capaz de escucharse, que no ha aprendido a vivir consigo misma, que no ha podido aceptar su otro yo.

Y si alguien, un líder, un partido, un grupo de ciudadanos tuviera la inteligencia, el tino y la apertura mental para impulsar el que una mitad del país fuera capaz de escuchar a la otra mitad, y de entender su necesidades, sus sueños y sus dolores, y viceversa, Colombia podría dar el salto adelante.

Por eso también son esperanzadoras las palabras pronunciadas por Iván Cepeda, el candidato de la izquierda, en la alocución en la que aceptó el triunfo de De la Espriella. El ahora jefe de la oposición le dijo al presidente electo que le abría las puertas a que se entablara un diálogo respetuoso entre las partes, que no sería nada distinto a un diálogo entre esas dos Colombias que más temprano que tarde tienen que reconocerse, aceptarse con sus diferencias y aprender a convivir juntas.

Es que es legítimo que los jóvenes anhelen tener educación gratuita y su salud garantizada; y que los niños quieran crecer en paz sin riesgo de que los recluten los grupos armados; y que los viejos busquen terminar sus días con sus necesidades básicas satisfechas; y que los emprendedores tengan garantías para hacer prosperar sus empresas; y que el país sea más justo y menos desigual. Y es absolutamente legítimo que los habitantes de esta tierra soñemos con vivir sin miedo a que nos atraquen, nos asalten, nos extorsionen o nos maten.

Todo ello es legítimo. Y esos temas están presentes, con mayor o menor énfasis, en los discursos de los candidatos. Las diferencias fundamentales están en el énfasis que les dan, y en la escogencia de sus prioridades. Pero esas diferencias no justifican que no podamos dialogar, que no quepamos en el mismo país, que nos odiemos.

No. Llegó el momento de consolidar el esquema gobierno-oposición. Pero también, –y por qué no– puede estar aproximándose el momento de abrirle las puertas a un diálogo respetuoso entre esas dos Colombias divididas por mitad.

Si Abelardo fuera inteligente, podría hacerlo. Y podría construir una Colombia en la que, a pesar de nuestras discrepancias, cupiéramos todos. Una Colombia en la que fuera grato vivir. Sin miedo. Sin violencia. Sin odio. No más odio, señor presidente electo. No más.

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Nota: Felicitaciones al Registrador Hernán Penagos y al equipo de la Registraduría por el manejo impecable, eficaz y honesto que hicieron del proceso electoral. La organización electoral de Colombia es un ejemplo para el mundo.

www.patricialarasalive.com

@patricalarasa

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