Un artículo de The New York Times, titulado así, trae datos que deberían llenarnos de vergüenza a quienes, en América Latina, hemos conocido lo que significa el concepto de solidaridad para esa isla llena de gente espléndida, alegre y generosa.
Como bien lo afirmaba, por ejemplo, en un trino reciente Juan Camilo Restrepo, exministro de Hacienda, Minas y Agricultura y exnegociador del proceso de paz con el ELN, la solidaridad de Cuba con Colombia ha sido absoluta. Hasta el punto de que, debido a ella, aceptó ser la sede de las negociaciones de paz con esa guerrilla y, por mantenerse firme en el respeto a los protocolos que debía cumplir como garante del proceso, los que la obligaban a no aceptar extraditar a los negociadores del ELN —como se lo pedía el entonces presidente Iván Duque—, Estados Unidos la incluyó en la lista de los países auspiciadores del terrorismo y le impusieron sanciones económicas que la asfixiaron cada día más. Y ahora, en medio de esa locura que se ha apoderado de Trump y de su secretario de Estado (cuando se aproximan las elecciones parlamentarias de noviembre, en un momento en que su popularidad está minada), todo lo cual los está llevando a arrasar con lo que se les atraviese en su deseo desenfrenado de dominar el mundo, a Cuba la están sitiando mediante un bloqueo energético absoluto. Este ha derivado no solo en apagones de varios días, sino en cierres de colegios, universidades y hospitales; en racionamiento de oxígeno médico; en escasez de medicamentos; en cirugías programadas suspendidas; en el 80 por ciento de los equipos de bombeo de agua paralizados; en familias que pierden sus alimentos por falta de refrigeración; en fin, en una especie de castigo colectivo que viola los derechos fundamentales a la alimentación, la salud y el agua.
Y mientras eso sucede, después de la captura de Maduro y la toma de Venezuela por parte de Estados Unidos, todos, incluidos Colombia, México y Brasil, países que han sido solidarios con Cuba, permanecen con su solidaridad guardada, aterrorizados por lo que pueda hacerles el presidente de Estados Unidos si llegan a enviarle petróleo a la isla. Ese ha sido el caso de México que, como dijo el NYT, “depende de manera excepcional del comercio con Estados Unidos. Y a finales de enero, después de que el gobierno de Trump amenazara con imponer aranceles paralizantes a los países que suministran combustible a Cuba (…), detuvo todas las exportaciones de petróleo al país” y hoy sólo envía alimentos y medicinas.
Y Brasil, cuyo presidente Luiz Inácio Lula da Silva también ha apoyado tradicionalmente a Cuba y es un gran productor de petróleo, se ha limitado a darle a la isla ayuda humanitaria y alimentos básicos, pues también teme a las represalias de Washington, además de que tiene una gran presión migratoria por parte de los cubanos que, ante las restricciones de inmigración impuestas por Trump, buscan, principalmente, refugiarse en Brasil o en México.
¿Y Colombia? Pues nuestro presidente anda de nuevo mejor amigo de Trump y, por ahora (y eso está muy bien), parece más interesado en mediar en la guerra desatada por Estados Unidos e Israel contra Irán, la cual puede llevar al Medio Oriente, a Europa y a la economía mundial a una catástrofe. Eso para no hablar del terrorismo sin precedentes que puede desatarse en el mundo en solidaridad con los ayatolas.
Mientras ello ocurre, Cuba muere por falta de energía, en medio de un ataque masivo de desamor.