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Según una interesante y triste encuesta realizada en Venezuela por el Centro Nacional de Consultoría, la captura de Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores, y su extracción a Estados Unidos –como le dicen ahora– esposados y con grilletes, son consideradas positivas nada menos que por el 79 % de los venezolanos, no obstante que, para llevarlas a cabo, hubo bombardeos, explosiones, drones y disparos que ocasionaron en varias zonas de Caracas la muerte de cerca de 80 personas.
Esas cifras tienen que estar muy cerca de la realidad. No de otra manera se explica que, ante semejantes hechos, nadie haya protestado; no se hayan volcado las multitudes a las calles; los militares se hayan quedado calladitos; Delcy Rodríguez, la antigua vicepresidenta de Maduro, haya quedado de presidenta; los colectivos chavistas no se hayan manifestado; y el chavismo, fresco cual lechuga, haya continuado en el poder, pero ahora de la mano de Trump.
Sin embargo, lo que es inverosímil es la ceguera de Maduro. ¿Cómo no se dio cuenta del hartazgo de los venezolanos con él, con la situación y con la represión que ejercía? ¿Cómo pudo robarse las elecciones de esa manera tan descarada y seguir en el poder contra la voluntad de la mayoría? ¿Cómo no se percató de que su tan cacareado pueblo estaba dispuesto, sin inmutarse, a tolerar cualquier cosa, por ejemplo que Trump se brincara el derecho internacional y se apoderara del país para manejar a su antojo las enormes reservas de petróleo venezolano, con tal de que él abandonara el poder? ¿Cómo es posible que los dictadores y, en general, los mandatarios y ciertos políticos, puedan vivir tan aislados de la realidad?
Ese fenómeno lo retrató muy bien García Márquez en El Otoño del Patriarca: allí, al pobre patriarca, sus áulicos, para complacerlo, llegaban hasta el extremo de imprimirle un periódico solo para él, donde lo ensalzaban y escribían lo que él quería saber: básicamente, que todos lo amaban. Porque, como bien decía Gabo, el principal problema del poder es a quién creerle. Y eso vale no sólo para los dictadores sino también para los presidentes y candidatos.
Por ejemplo, ya es hora de que Sergio Fajardo se dé cuenta de que como va, así solo, no va a ganar. Todas las encuestas se lo dicen. Y en marzo, cuando se den las consultas, va a ocurrir que sumados los votos de la Gran Consulta por Colombia duplicarán o triplicarán su porcentaje en las encuestas. ¿Y entonces qué hará? ¿Suicidarse en la primera vuelta? En cambio, si se suma a la Gran Consulta, sería muy probable que la ganara y en la primera vuelta superara a De la Espriella. Así pasaría a la segunda vuelta y competiría con el candidato de izquierda, Iván Cepeda. En ese caso, sería probable que ganara la presidencia. Pero si Sergio no se da cuenta de esa realidad, si no capta el retrato que le muestran las encuestas, estará perdido. Y con él, estará perdido el centro, como lo estuvo, por razones similares, cuando se eligió presidente a Iván Duque y cuando se eligió a Gustavo Petro.
Maduro, en vez de gobernar contra la voluntad de los venezolanos, hubiera podido aprovechar las múltiples posibilidades que tuvo de negociar una salida decorosa del poder (recuérdense los intentos que hicieron los noruegos y hasta el mismo Petro).
Pero su terquedad lo acabó.
Ojalá la terquedad no acabe también a Sergio.
