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Hallazgo entrañable

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Patricia Lara Salive
28 de enero de 2009 - 04:15 a. m.
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EN ESTE AFORTUNADO RECESO DE tres semanas de lectura sin pensar en Uribe, ni en guerrilla, ni en parapolítica, me encontré con un personaje entrañable:

el cuasi sacerdote Luis Ángel Valencia, el mayor de los nueve hijos de una familia campesina de Antioquia, padre del escritor y desmovilizado del Eln León Valencia, a quien su relación con ese papá inválido que murió cuando él tenía dieciocho años le dejó una huella imborrable de sabiduría, ética y cultura literaria, construida durante las conversaciones que, en su lecho de enfermo, a diario sostuvo con él, y reflejada en el libro Mis años de guerra, publicado por León a fines del año pasado.

Cuenta él que su primer recuerdo de infancia se remonta a sus cuatro años: su padre, quien por una caída había perdido el movimiento de las piernas, esperaba sentado el tren que los llevaría de Andes a La Pintada, donde se radicarían, y la madre, una bella campesina analfabeta, pondría una tienda de abarrotes que después mutaría en venta de morcillas y empanadas. De pronto, León vio que de una manada de toros bravos uno se desperdigaba y corría a embestirlos. En ese instante, todos salieron corriendo y él se quedó inmóvil, de la mano de su padre, viendo cómo el toro los olfateaba y, milagrosamente, pasaba de largo junto a ellos.

Luego la familia se mudó a Pueblo Rico. Allí los hijos le ayudaban a la madre a conseguir los ingredientes y a vender y llevar los pedidos de morcillas y empanadas, mientras don Ángel permanecía inválido, leyendo y hablando con su hijo. A partir de entonces, la vida de León giró en torno a sus charlas con ese hombre culto, lector voraz, que le enseñó a amar la literatura porque le recitaba los versos de García Lorca y Miguel Hernández y le hizo conocer a los clásicos en la tertulia que todos los días, a partir de las cinco de la tarde, sostenía con tres amigos (el rector del colegio del pueblo, el sastre y un ex sargento ciego) y en la que León escuchaba a su padre leer, con dicción impecable, El Quijote y los demás clásicos.

Pero el padre no sólo le dejó a León el amor por las letras. Como buen confesor que se preparó para ser, le mostró cómo descubrir las profundidades del alma humana y cómo comprenderla sin juzgarla; le enseñó la generosidad; y le transmitió el valor de la ética y de los principios.

– No se meta en política porque ahí tiene que transar, más bien dedíquese a escribir–, le decía poco antes de morir, cuando vio que León, quien había conocido al padre Ignacio Betancur que lo invitaba a participar en paros y movilizaciones, estaba fascinándose con la política.

Por ese deseo que don Ángel tenía de que su hijo fuera escritor, fue que León le dedicó su novela, Con el pucho de la vida. Y por esa insistencia suya en que no se transaran los principios, fue que no se dejó tentar con la oferta de ser Ministro de Cultura que, a través de José Obdulio Gaviria, le hizo el presidente Uribe.

– Me imaginé en un consejo comunal hablando del conflicto armado y oyendo al Presidente interrumpirme: “León, pero si aquí no hay conflicto”. Me hubiera tocado renunciar ahí, como lo hizo mi padre cuando, estando a punto de ordenarse, se quitó el hábito en plena procesión y dejó de inmediato el seminario porque un hermano cristiano lo cacheteó por haberse salido de la fila a recoger su pañuelo–, comenta León Valencia.

Buena enseñanza ésa en este país donde casi todos, todo lo transan.

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