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Hostilidad sospechosa

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Patricia Lara Salive
19 de noviembre de 2008 - 01:00 p. m.
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DIJERON QUE SÓLO DESPUÉS DE consultar con la Embajada autorizarían mi abordaje del vuelo a Newark. Mi visa figuraba en una lista de revocadas.

–Pero si la usé en junio, dije.

–Por eso nos extraña, respondieron.

Constataron que era un error y mi viaje fue autorizado. La confusión se debía a que, por algo que nunca supe, mi visa de cinco años, renovada en agosto de 2007, me la habían revocado tres meses después, creía yo que porque me habían confundido con la representante a la Cámara Karely Patricia Lara, quien está presa por la parapolítica. Solicité la visa otra vez y, gracias a la gestión de un amable funcionario del consulado, en marzo de este año me dieron una nueva. La usé en junio. Entré por Miami. Allí tuve que esperar dos horas a que inmigración me interrogara y obtuviera de Washington la autorización para mi ingreso al país. Mi amigo me había advertido que era posible que ello ocurriera, pues una cosa era el Departamento de Estado que concedía la visa y otra inmigración.

Antes de mi último viaje, él me aconsejó que, al llegar a Newark, tratara de arreglar mi problema con inmigración. De modo que si bien me inquietó el incidente con la aerolínea, no me extrañó. Me pareció, sí, una arbitrariedad que la Embajada divulgara mi nombre como persona con visa revocada.

En Newark requisaron mi equipaje, miraron los libros, examinaron el de la biografía de Obama, sacaron todos los papeles de mi cartera, de mi billetera, del maletín del computador, mi libreta de notas, mis tarjetas de crédito, mis carnés, mis chequeras, etc. Casi todo me lo entregaron media hora después. Más tarde me devolvieron lo que les despertó mayor interés. Cuando lo vi, me dio risa y miedo: aparte del texto de una conferencia que iba a dictar en la Universidad de Loyola en Chicago, examinaron, y seguro fotocopiaron, un plano de galpones de gallinas de la finca, un mapa de la misma, el plano de una tina anciana que debo cambiar, la huella del pie de mi nieta a la que iba a comprarle unos tenis, la factura de compra de mi carro, dos recibos de pago de un tratamiento antienvejecimiento que con esperanza me estoy haciendo y la tarjeta de un ingeniero que trabaja en una compañía constructora y que no recuerdo quién es. Después me tomaron fotos y huellas de todos los dedos.

Pedí hablar con el supervisor quien, amable, me dijo que esa información la enviarían a Washington y que la próxima vez entrara por el mismo aeropuerto, donde ya me conocían. Traté de explicarle qué eran los planos y el dibujo del pie de mi nieta, pero me fue imposible. ¡Espero que no crean que tienen que ver con depósitos de armas, o barbaridades semejantes! En Nueva York hablé con una abogada de Human Rights First quien mandó, de mi parte, una solicitud oficial de explicación. Ella me dijo que sabía de columnistas colombianos y miembros de la oposición que estaban teniendo problemas para ingresar a Estados Unidos. Añadió que creía que ello se debía a información suministrada por el Gobierno de Colombia. En el avión de regreso, me tocó sentarme junto a una funcionaria de una importante organización internacional de derechos humanos, quien me dijo lo mismo.

Entonces, pregunto: ¿como ex candidata a la vicepresidencia por el Polo Democrático y como columnista crítica del Gobierno, tiene que ver todo ese hostigamiento con la orden del DAS de seguir e investigar a los miembros de la oposición?

Por fortuna, en dos meses se inaugura la nueva era de Obama…

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