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‘Líbranos del bien’, un libro necesario

Patricia Lara Salive

30 de septiembre de 2008 - 09:37 p. m.

LA IMPRESIONANTE NOVELA DE Alonso Sánchez Baute sobre ese mundo contradictorio de Valledupar, lleno de música y de risa pero también de machismo y de odio, que dio origen a que de él salieran dos hijos de papi, Rodrigo Tovar, alias Jorge Cuarenta, comandante paramilitar, y Ricardo Palmera, alias Simón Trinidad, comandante de las Farc, convertidos en símbolo de los dos extremos de una guerra repleta de masacres, de secuestros y de barbarie, era un libro que hacía falta.

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Sí, hacía falta para que ensayáramos en serio a respondernos esos interrogantes que se hace el autor: “¿Cómo se convierte en asesino el hijo de una mujer tan noble y alegre?”. O “¿cómo un man tan bacán, tan divertido, puede ser al mismo tiempo un asesino?”.

Son preguntas que me he hecho muchas veces y que necesariamente vienen a la mente cuando intentamos entender por qué Ricardo Palmera, un hijo del jurista Ovidio Palmera, un antiguo alumno del exclusivo colegio Helvetia y de la Escuela Naval de Cartagena, un economista de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, un tipo que andaba a la moda y cuyas novias eran antiguas reinas de belleza, un gerente de banco en Valledupar, un antiguo galanista, un buen marido y padre de dos hijos a quien la decisión de abandonarlos le partió el corazón, un hombre sensible ante las desigualdades sociales, acabó hundido entre el lodo de la guerra porque cayó en él empujado por la represión y por el miedo a tener que exiliarse a raíz del asesinato de sus compañeros de activismo político.

O son preguntas que atormentan cuando intentamos dilucidar por qué Rodrigo Tovar, hijo de un capitán del Ejército de su mismo nombre, que le impuso su férrea disciplina, un sobrino del presidente de Cervecería Águila, un antiguo alumno del Colegio San Bartolomé y de la Escuela Militar de Cadetes, un hacendado “alegre, respetuoso, cariñoso, muy familiar, pendiente de sus hijos, un hombre trabajador”, como lo describe su ex mujer, un tipo que además de empresario fue jefe de Control de Precios y Secretario de Hacienda de Valledupar, un cesarense que, como tantos, no aguantó la rabia que le generaron los secuestros con que la guerrilla, encabezada por Simón Trinidad, asoló el departamento, acabó haciendo que en la Costa corrieran ríos de sangre al ordenar tantas masacres. “Sucedió sin proponérmelo, cuando me di cuenta ya hacía parte de la guerra”, le dijo él a Sánchez Baute en la Cárcel de Itagüí.

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Bueno, pues todo lo generó no sólo una reacción de causa y efecto, sino otras razones profundas que anota el autor: la intolerancia absurda que permite que la sociedad vallenata no condene las masacres pero sí el homosexualismo del autor. O “la cultura machista”. O “la violencia (que) anida en nuestro corazón porque es la única manera que conocemos de hacernos respetar”. O “el odio (que) llega al extremo de que no sólo se mata al que se odia sino también al que se cree que hace parte del otro bando”.

En Líbranos del bien, una novela de género indefinido, mezcla de novela de ficción —la protagonizada por ese espléndido personaje llamado Fina Palmera, una anciana que cuenta la historia de Valledupar— con otra novela de no ficción —la protagonizada por el propio autor—, se llega a una conclusión aterradora que puede referirse no sólo a lo que le quedó al Cesar en este tiempo, sino también a Colombia: “¿Qué le quedó a la ciudad a la vuelta de estos veinte años?”, pregunta Sánchez Baute, y él mismo responde: “Nada, salvo un reguero de muertos”.

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