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Miedo...

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Patricia Lara Salive
25 de marzo de 2011 - 03:00 a. m.
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"HOY NO ME MARAVILLAN LAS IN-numerables tonalidades del verde de las montañas, no sonrío cuando veo las mariposas azules y doradas que revolotean sobre la carretera antes del peaje. Voy batallando contra el miedo. No quiero sentirlo”, dice la escritora María Cristina Restrepo en su libro El miedo, crónica de un cáncer,...

 “HOY NO ME MARAVILLAN LAS IN-numerables tonalidades del verde de las montañas, no sonrío cuando veo las mariposas azules y doradas que revolotean sobre la carretera antes del peaje. Voy batallando contra el miedo. No quiero sentirlo”, dice la escritora María Cristina Restrepo en su libro El miedo, crónica de un cáncer, impecable reportaje sobre ese calvario suyo que comenzó cuando se practicó su mamografía anual; continuó con la operación que se empeñó en hacerle una sabia médica a pesar del resultado negativo de la biopsia; siguió con el veredicto de la patología del tumor extraído —carcinoma grado tres, en sus inicios, pero de los más invasivos— y terminó con la radioterapia y la catarsis que le generó escribir esta crónica tan intensa, tan perfecta, que no permite abandonarla hasta no llegar al final, no obstante que, al comenzarla, ya se sabe que su tema es el de una mujer a quien le diagnostican un cáncer, se trata y, en principio, se cura.

María Cristina, a quien la revelación brutal de su mortalidad la sorprendió a los sesenta años, cuando se sentía llena de energía, ¡de juventud! y de felicidad porque luego de publicar con éxito sus novelas, de ser abuela y de haber dejado atrás un matrimonio sin amor, todo le sonreía pues además había consolidado una espléndida relación con Richard, es autora de ensayos, cuentos y novelas, entre las que se destacan Amores sin tregua y La mujer de los sueños rotos. Y ahora nos regala esta extraordinaria obra literaria de no ficción, sobre la que tendré el privilegio de conversar con ella el 31 de marzo, a las 6 p.m., en la librería Prólogo de Bogotá.

Esta crónica sobre el miedo, que tiene la calidad de los textos de los grandes del periodismo literario norteamericano, debería ser leída por todos: los enfermos de cáncer, los que —¡gracias a Dios!— no lo estamos, los viejos, los jóvenes, los que pasamos por la vida sin darnos cuenta porque recorremos el camino enceguecidos por la ambición de tener, o porque vivimos paralizados por el peor de los miedos: el miedo a la vida, que obstaculiza, reprime, inhibe, limita, impide hacer, lograr la realización del propio ser, como decía un profesor, que evita vivir a plenitud porque al quedar el espíritu petrificado por el pánico a desaprender lo aprendido, a cambiar, a arriesgarse a emprender caminos desconocidos pero llenos de probabilidades de mayor crecimiento y felicidad, se anula la posibilidad de enriquecer el alma y el corazón. Por ello, como dice María Cristina Restrepo, hay que apostarle “a la vida, y ésta (…) devuelve algo de esa dulzura que sólo entrega por partes”.

Y agrega: “miro y veo la belleza del mundo. Richard me enseña una y otra vez lo que es el amor (...) Estoy resuelta a no dejarme vencer. Del miedo, del dolor, de la enfermedad, de la disolución. Me preparo para vivir el tiempo que me corresponde. Ahora los días tienen una plenitud hasta hoy desconocida (…) Viviré sin saber qué va a pasar, tratando de no anticipar el futuro. Pero tengo el presente, al que abrazo agradecida. No debería haber esperado a tener cáncer para comprender algo tan elemental”.

Hay que dejar, pues, que el miedo salga de la conciencia, que lo borre todo, para que después pierda fuerza en su propia intensidad, como dice María Cristina.

Miremos nuestro propio miedo. Observémoslo no más. Así se irá empequeñeciendo y, entonces, nos irá invadiendo esa fortaleza que nos permitirá atrevernos a vivir, a apostarle a la vida…

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