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Navarro, en lucha contra la coca

Patricia Lara Salive

08 de octubre de 2009 - 09:41 p. m.

“EL PRINCIPAL PROBLEMA DE NARIÑO es la coca”, afirma en Pasto Antonio Navarro Wolff, mientras mira papeles sentado ante su escritorio de gobernador, protegido por un óleo del poeta nariñense Aurelio Arturo y por el regalo que le dio la Curia: el bastón de la Virgen de Las Mercedes, patrona de Nariño, a quien sus devotos llaman La Mechita Linda.

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Y, en verdad, la dimensión del problema de la coca en Nariño es inimaginable, si se tiene en cuenta que en Colombia crece la cuarta parte de la hoja que se consume en el mundo y que, sólo ese departamento, produce la mitad de ella, es decir, que la octava parte de la coca que aspira el planeta se origina allá.

Y, a juzgar por las estadísticas, también la coca es la principal responsable de la violencia que vive el departamento: mientras que donde no hay coca la tasa de homicidios es de 24,4 por 100.000 habitantes, en los municipios productores los asesinados casi se cuadruplican (90,3).

Por esa razón; y porque las fumigaciones del Gobierno prácticamente no han disminuido la extensión cultivada; y la legalización de la droga por ahora es imposible, a pesar del nuevo lenguaje de EE.UU. sobre el tema; y la expansión de la coca ha disparado el consumo entre los nariñenses, Navarro está empeñado en lograr la sustitución voluntaria y sostenible de los cultivos de coca, como ya se ha conseguido la de los de amapola.

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“Mi principal meta es volver a Nariño el principal exportador nacional de brócoli”, dice Navarro, quien quiere extender a los territorios cocaleros, poblados por afrocolombianas, la exitosa sustitución de amapola por brócoli, llevada a cabo en zonas indígenas.

Pero el desafío no es fácil, primero, por el aislamiento, considerado por él el segundo problema de su departamento pues, de la misma manera que la coca produce violencia, éste genera pobreza, ya que vuelve muy difícil la comercialización de los productos del agro. Y, segundo, porque la sustitución de cultivos ilícitos en las regiones pobladas por afrocolombianos es más complicada, dado que allí no se ha encontrado, como en el caso de los indígenas, una ideología o una escala de valores con la que se logre la motivación espiritual que se requiere para conseguir una sustitución sostenible de los cultivos ilícitos.

“No se puede competir sólo con dinero; hay que tener una ideología”, insiste Navarro, quien está empeñado en encontrar un credo que motive a esos pobladores de las zonas del Pacífico, de modo que sea factible convencerlos de que cambien la vida peligrosa y desordenada que les genera su trabajo como cultivadores de coca, por una tranquila y también próspera, dedicada no sólo a producir brócoli, sino también otras hortalizas, cacao y café que, en Nariño, crece a una altura tal que lo convierte en el mejor del mundo.

Para conseguir su meta, Navarro necesita mucho dinero: su cálculo es que mientras fumigar una hectárea de coca vale 100 dólares, hacer desarrollo rural en la misma extensión (suministrando riego, insumos, asistencia técnica y crédito) cuesta 600. Y Nariño es un departamento pobre, empobrecido aún más por las pirámides que defraudaron a la mitad de los nariñenses y al 90% de los pastusos.

Sin embargo, con la terquedad que lo caracteriza, este antiguo guerrillero mutado en gobernador insiste en convencer a los europeos y a los japoneses de que lo financien. Y a eso viajó a Japón.

Ojalá traiga buenas noticias… ¡Vale la pena que le ayuden!

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