No obstante que hoy tenemos a un presidente que se pasea por las calles de Santa Marta blandiendo un radio teléfono, con chaleco antibalas y revolver al cinto, hoy no hablaré de semejante imagen, sino que voy a cumplir la promesa que hice el pasado fin de semana en la isla de San Andrés, a donde asistí invitada por la Feria del Libro (FILSAI), que dirige esa estupenda poeta que es María Matilde Rodríguez: prometí que me iba a dedicar a pelear para que, algún día, le construyan a esa isla maravillosa un aeropuerto que esté a la altura de su mar de los siete colores, de su música contagiosa con dejos de reggae y de su gente raizal y acogedora. No puede ser que un territorio como el del archipiélago, con semejante potencial turístico y pesquero, haya estado tan olvidado por los gobiernos de Colombia. ¡No hay derecho!
Es que luego de extasiarse mirando por la ventanilla del avión ese mar de distintos tonos de azul y de verde, en el cual se imagina nadando feliz, al aterrizar en San Andrés, usted comienza a padecer: primero, tiene que permanecer dos horas o más en un lugar repleto de gente, a más de 35 grados de temperatura, sin aire acondicionado, haciendo unas colas que no se mueven porque dos funcionarias no dan abasto para atender a centenas de pasajeros a quienes les chequean los datos que escriben en la tarjeta de turismo que, para ingresar a la isla, hay que comprar y por la cual se pagan $153.000. Después, viene el calvario de recoger la maleta. Se demora. Nadie le da razón de por dónde va a aparecer. Mientras espera, le dan ganas de ir al baño: entonces se encuentra con un lugar sucio, mal oliente, sin papel higiénico, en fin, peor no puede ser.
Al salir del aeropuerto, la isla y su gente amable empiezan a sonreírle. Y al día siguiente, al nadar en ese mar sin igual, usted se siente en el paraíso.
Al regreso, en el chequeo de seguridad, también hay aglomeración. En las salas de espera de los vuelos, sin aire acondicionado, usted suda a chorros. Y cuando se monta al avión se va feliz de haber visitado esa isla espléndida, pero está a punto de llorar al palpar cómo los gobiernos la han maltratado durante décadas.
Como lo menciona un editorial del periódico El Isleño —dirigido por Eduardo Lunazzi—, la Cámara de Comercio de San Andrés y Providencia, en conjunto con los capítulos isleños de Anato, Cotelco y Acodres, así como Proarchipiélago y el Movimiento Cívico ‘Cómo Vamos San Andrés’, enviaron una carta a la ministra de Transporte, Elsa Noguera, y a Arnaud Penent D’izarn, director de la Aeronáutica Civil, responsable del aeropuerto de San Andrés. En ella les dicen: “San Andrés no admite más dilaciones (…). Tras años de diagnósticos, anuncios y compromisos, los gremios esperan que el nuevo Gobierno Nacional y la Aeronáutica Civil conviertan, por fin, las promesas en realidad”.
Sin embargo, al aeropuerto de San Andrés sí le han invertido plata. Y el Gobierno había estructurado un proyecto para reconstruirlo, que costaba $1,01 billones. Pero el proceso se declaró desierto en noviembre de 2024 porque, según la ANI, ninguno de los tres proponentes cumplía los requisitos. Y en junio pasado, el Ministerio de Transporte anunció que está trabajando en intervenciones puntuales para mejorar el aeropuerto, mientras avanza en una solución de mayor alcance.
No obstante, los resultados no se ven. Mientras tanto, San Andrés pierde la posibilidad de convertirse en una potencia turística y sus habitantes no salen del subdesarrollo.