El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

‘Que las armas descansen en paz’

18 de septiembre de 2026 - 12:00 a. m.

PUBLICIDAD

Ese fue el lema que, en 1996, se inventó el alcalde de Bogotá, Antanas Mockus. Con el apoyo de la Iglesia, de empresas privadas y de medios de comunicación, desplegó esa campaña que, rápidamente, logró que los homicidios en la capital disminuyeran 26,7 %. En su primer gobierno consiguió que cayeran 32,8 %, y 34 % en el segundo.

¿Y cómo logró Mockus ese milagro? Difundiendo una filosofía totalmente contraria a la que está aplicando el presidente, Abelardo de la Espriella: en lugar de permitir y propiciar el porte legal de armas (aun cuando fuera llenando requisitos previos, como está ahora), Mockus nos convenció de que la tenencia de armas propicia la violencia. Por eso se inventó esa linda campaña que consistía en cambiar armas por bonos de mercado. Recuerdo que yo guardaba un par de revólveres y una escopeta que habían pertenecido a mi padre y que tenían sus respectivos salvoconductos. Y las llevé a un lugar donde las cambié por bonos de Sodexo y, con ellos, hice compras en algún almacén Éxito.

Con esa campaña, en dos jornadas distintas, Mockus logró que los bogotanos se deshicieran de cerca de 2.500 armas. Y, según una encuesta citada por la Policía Nacional, el desarme fue la medida de seguridad más recordada en 2003. Y mientras en 2002 el 25 % de los encuestados consideraba que tener un arma de fuego brindaba protección, en 2003 esa proporción cayó al 10 %. Y más de los dos tercios de los encuestados afirmaron que esas campañas habían aumentado su sensación de seguridad.

Sin embargo, la campaña de Mockus no solo tenía el componente del desarme voluntario. Estaba acompañada también por una estrategia integral de seguridad y convivencia que incluía restricciones al porte de armas, incautaciones, controles policiales y, lo que es más importante, medidas de cultura ciudadana y regulación del consumo de alcohol, que son decisivas en este país habituado a la violencia, donde el uso del licor es tan elevado y está presente en por lo menos el 40 % de los homicidios.

Muchos recordamos la Ley Zanahoria de Mockus y esa campaña suya que redujo el tiempo de apertura de los bares en Bogotá, así como su estelar invento de la ‘vacuna contra la violencia’, en virtud de la cual los ciudadanos podíamos ir a determinados lugares donde había pequeños espacios con almohadas. Entonces les pegábamos con fuerza y desahogábamos contra ellas la rabia contenida. Y, en lugar de agredir en persona a nuestros sujetos de ira, los agredíamos con la imaginación, sin cometer delitos y sin dejar consecuencias irreparables. Supongo que la ‘vacuna contra la violencia’ de Mockus estaba basada en uno de los ejercicios de Gestalt más eficaces que existen: se trata de cerrar los ojos, relajarse, imaginarse un muñeco sin cara, y empezar a pegarle con la mente. De inmediato, el muñeco empieza a adquirir caras y a mutar de rostros, hasta que uno se da cuenta de que lleva adentro las rabias más prohibidas, esas que, impulsadas por el alcohol, acaban en feminicidios, en parricidios, etc. Entonces uno se desahoga y queda en paz.

Es todo lo contrario a lo que sucede en la cabeza de la gente, (en la mía, por lo menos), cuando veo al presidente, que necesariamente se convierte en un modelo de identificación de la ciudadanía, vociferando con agresividad, defendiendo el porte de armas, dándole vivas a Cristo Rey y caminando entre cadáveres.

www.patricialarasalive.com

@patricialarasa

Conoce más
Ver todas las noticias
Leer más
Leer más