“Yo no sé si te quiero o te odio”, me repetía Danielle Bessudo, sentada a mi izquierda, el 16 de Mayo de 2011, cuando observaba en el escenario del Teatro Libre de Bogotá a su esposo, el presidente de Aviatur, Jean Claude Bessudo, forrado en unas ridículas medias pantalón rosadas y cubierto con una capa color verde botella, grandota y con tonos dorados, protagonizando a Monsieur Jourdain, el personaje principal de El burgués gentilhombre, esa divertida y brillante obra de teatro que Molière estrenó en el siglo XVII, la cual cuenta la historia de un rico que tomaba clases de cuanta cosa había para aprender de todo y lucirse en las conversaciones que se daban en las fiestas de sociedad.
A mi derecha estaba sentado el presidente Juan Manuel Santos quien, con frecuencia, se reía mientras veía actuar a Bessudo, un antiguo miembro del grupo de teatro del Liceo Francés, donde fue compañero de Ricardo Camacho, fundador y director del Teatro Libre, a cuya junta directiva llegué por invitación de mi gran amigo, Guillermo Perry (q.e.p.d). Quien, para traerme, obtuvo el beneplácito de Camacho, mi condiscípulo en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Los Andes.
Pues bien, Danielle decía que no sabía si me quería o si me odiaba porque, con el fin de sacar al Teatro Libre de su difícil situación económica, insistí en la junta, durante mucho tiempo, en que una de nuestras salidas podría ser montar una obra de Molière en la que actuara Bessudo, ya que yo intuía (y no me equivoqué) que tenía un gran talento histriónico, además de que era (y es) un empresario del jet set que vive rodeado de políticos importantes y de amigos muy ricos quienes, con seguridad, nos comprarían las boletas caras. Ellos no nos compraron tantas, pero el Ministerio de Cultura nos ayudó, algunos fondos recogimos y hubo free press para el Teatro Libre en todos los grandes medios del país. Además, Bessudo se divirtió como nunca. Sin embargo, creo que quien no me perdonó fue mi amigo Camacho, un director de teatro cascarrabias y supremamente estricto, que solo dirige a actores profesionales. Para comprobarlo, mírenle la cara en esta entrevista en video que les hizo a Bessudo y a él el periodista Darío Arizmendi.
¿Pero a dónde va todo este cuento?
Va a que ahora, el Teatro Libre, especializado en montar obras de Shakespeare, Chejov, Dostoyevski, etc., atraviesa otra situación difícil porque entre impuestos prediales, intereses y sanciones, le debe al distrito cerca de 800 millones de pesos.
Según Fabián Velandia, director ejecutivo del Teatro Libre, le han propuesto a la Alcaldía que les permita pagar en dinero el capital que adeudan (cerca de 187 millones) y que los intereses y las sanciones (menos de 600 millones), se los dejen abonar con espectáculos en colegios distritales o con el uso de las salas del Teatro Libre por parte de las entidades públicas de la ciudad.
Ayudarle al Teatro Libre a solucionar esa deuda es lo mínimo que puede hacer, en favor del teatro clásico colombiano, el alcalde de Bogotá, Carlos Fernando Galán. Y también es el homenaje que Ricardo Camacho, al borde de sus 78 años, merece recibir de Bogotá, de su alcaldía y del país, por haber dedicado su vida a que Colombia disponga del mejor teatro clásico.
Por otra parte, no hay derecho a que les cobren impuestos a los locos que apenas sobreviven haciendo teatro, arte, música y literatura. Y, ¿por qué no?, también periodismo independiente.