“¡Si hay alguien con vida, por favor haga un ruido!” gritó uno de los sonidistas de los grupos de rescate, mientras acercaba una grabadora a los escombros en Pereira. Los rescatistas han actuado con una enorme solidaridad en esa ciudad tras el terremoto de magnitud 7,4 –con epicentro en el Chocó– que nos estremeció a todos, ya fuera personal o psicológicamente. Este evento nos recordó una verdad que solemos mantener sepultada: la vida se nos puede esfumar en cualquier instante.
Y en Cali, donde la ciudadanía se ha destacado por su generosidad, el capitán de los bomberos ordenó: “No se desgasten por aquí. La única señal de vida que tenemos es a ese otro lado del edificio”.
La fotografía del pediatra Germán Somoyar en la clínica Panamericana de Apartadó –sosteniendo a un bebé en brazos mientras las enfermeras protegían a otros nueve e intentaban tranquilizarlos– le dio la vuelta al país. La imagen mostraba la espera por el dictamen de los ingenieros sobre la seguridad del edificio antes de poder regresar. Esta escena terminó de conmover a la nación, al punto que en ciudades como Cali, familias enteras y vecinos han formado cadenas humanas para transportar alimentos, medicinas y todo lo que se necesite.
Y la frase del mismo pediatra Somoyar, “los buenos somos más”, seguro también resonó en el corazón de muchos… aunque discrepo, porque creo que los buenos somos casi todos.
Y esta tragedia inesperada probablemente también puso a reflexionar al presidente, quien llegaba preparado para iniciar su mandato impartiendo órdenes de guerra, pero se encontró con esta catástrofe humanitaria que lo hizo correr para llegar donde las víctimas del terremoto y palpar su realidad. Por eso llamó a la unidad nacional y afirmó: “Hoy todos los colombianos, sin distinciones ideológicas, tenemos que unirnos frente a una sola causa: las víctimas de este desastre natural”.
Pero no solo debemos unirnos frente a esas víctimas, presidente: también tenemos que unirnos frente a los casi 11 millones de víctimas que nos ha dejado la guerra. Debemos unirnos como nación en torno al propósito de traerle a Colombia justicia en todos los sentidos, prosperidad y, ante todo, paz. Porque sin paz no se consolida la prosperidad.
Y para traerle paz al país no hay que combatir únicamente a los grupos armados, presidente. También hay que cambiar el lenguaje: no hay factor que más propicie la violencia que el maniqueísmo, la estigmatización, esa manía de dividir el mundo entre buenos y malos: capitalistas y comunistas, creyentes y ateos, personas dignas de consideración y seres despreciables… ese lenguaje acaba por generalizar la violencia, pues la gente termina sintiéndose con el derecho de destripar a su enemigo. No hay seres destripables ni despreciables. Todos somos seres humanos y cada cual tiene su historia. Usted también la tiene, presidente, y yo, y todos... Lo invito a que escuchemos nuestras historias, así comenzaremos a entendernos. Moderemos el lenguaje. Modérelo usted, presidente. Y modérenlo igualmente Petro y Cepeda.
Recordemos más bien el planteamiento del expresidente Alberto Lleras, hecho en esa época atroz de la violencia de los años 50 entre liberales y conservadores: ese de que un discurso en el parlamento puede transformarse en veinte mil muertos en las veredas.
No viva “cargado de tigre,” presidente De la Espriella, como decía el presidente Uribe. Fíjese que él ya está en la era de las abejitas.
@patricialarasa