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¿La Gran Dimisión es una Gran Reconsideración?

Paul Krugman

14 de noviembre de 2021 - 12:30 a. m.

La vida está llena de sorpresas. Pero hay sorpresas de sorpresas.

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Quiero decir que, la mayoría de las veces, cuando ocurre algo que no esperabas que pasara, de inmediato te das cuenta de que es algo que pudiste o tal vez hasta debiste ver que venía, al menos como una posibilidad. Claro está que las demoras en el control de tránsito aéreo provocaron que perdiera mi vuelo de conexión. O, si tomamos el ejemplo económico, pocas personas veían venir la crisis financiera de 2008, pero en cuanto pasó los economistas cayeron en la cuenta de que encajaba perfecto en los marcos teóricos y en los patrones históricos.

No obstante, a veces, los sucesos dan un giro que te hacen preguntar qué está pasando incluso después de la gran revelación.

En este momento, la economía estadounidense está experimentando un episodio de inflación muy a la antigua, en el que hay demasiado dinero para muy pocos productos. Esto es, una demanda floreciente ha chocado con un suministro restringido, por eso están subiendo los precios.

Sin embargo, en realidad hay dos tipos de restricción de suministro y algunos son más comprensibles que otros.

No mucha gente esperaba los ahora famosos problemas con la cadena de suministro: los barcos que retroceden y avanzan en espera de ser descargados, los estacionamientos atascados de contenedores y las bodegas que ya no tienen espacio. Sin embargo, en cuanto empezaron a ocurrir, esos problemas cobraron sentido. Los consumidores que tenían miedo de comprar servicios —salir a comer, ir al gimnasio— compensaron comprando muchas cosas y el sistema logístico no pudo manejar la demanda.

Por otro lado, la Gran Dimisión —la aparición de aquello que luce como una escasez de mano de obra aunque el empleo sigue cinco millones por debajo de su nivel prepandémico e incluso más abajo de su tendencia previa— sigue siendo algo un tanto misterioso.

A diferencia de la “brecha de habilidades” a la que se apeló para explicar el desempleo persistente tras la crisis de 2008, esta vez la escasez de mano de obra parece ser real. Los trabajadores están renunciando en cantidades récord, un indicador de que se sienten seguros de encontrar un nuevo empleo. Los salarios están creciendo a tasas normalmente asociadas con el punto máximo de un auge. Por lo tanto, no cabe duda de que los trabajadores se sienten empoderados, aunque hay muchos menos estadounidenses empleados que en el pasado. ¿Por qué?

A inicios de este año, mucha gente insistió en que los beneficios mejorados para el desempleo estaban reduciendo el incentivo de aceptar trabajos. No obstante, en junio, esos beneficios adicionales fueron eliminados en muchos estados y a nivel nacional a inicios de septiembre; este recorte no parece haber tenido ningún efecto medible sobre el empleo o la participación en la fuerza laboral.

Otra historia, todavía más difícil de refutar, cuenta que la extensa ayuda que recibieron las familias durante la pandemia dejó a muchas personas con más efectivo en los bolsillos del que solían tener, por eso tuvieron el espacio financiero para ser más exigentes sobre su próximo trabajo.

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Una historia menos optimista dice que algunos empleados siguen con miedo de regresar al trabajo y/o que muchos no pueden volver porque siguen sin conseguir quién pueda cuidar a sus hijos.

Sin embargo, al menos hay una posibilidad más (estas cosas no son mutuamente excluyentes): la experiencia de la pandemia tal vez provocó que muchos trabajadores hayan explorado oportunidades que no hubieran considerado antes.

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Yo había pensado algo parecido, pero hace poco Arindrajit Dube, quien ha sido uno de mis economistas de cabecera a lo largo de la pandemia, lo dejó muy claro. Según Dube, hay evidencia significativa para decir que “históricamente los trabajadores con sueldos bajos han subestimado cuán malos son sus empleos”. Cuando algo — digamos, una pandemia mortal— los obliga a salir de su rutina, se dan cuenta de lo que han estado soportando. Y, debido a que pueden aprender de la experiencia de otros trabajadores, quizá haya un “multiplicador de renuncias”, gracias al cual la decisión de algunos trabajadores de renunciar termina por inducir a otros trabajadores a seguir su ejemplo.

Me gusta esta historia, en parte porque encaja con uno de los principales descubrimientos de la economía conductual, en particular, que la gente tiene una fuerte tendencia hacia el statu quo. Esto es, tiende a seguir con lo que está haciendo aunque haya alternativas mucho mejores. Como es bien sabido, es mucho más probable que los trabajadores se inscriban en planes de jubilación cuando deben marcar una casilla para no participar que cuando deben marcar una casilla para participar. Marcar esa casilla no cuesta nada, pero muchas personas no aprovecharán un buen acuerdo a menos que la inscripción sea automática.

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Por lo tanto, no me cuesta nada creer que hubo muchos trabajadores que debían haber renunciado a sus empleos terribles en, digamos, 2019, pero no lo hicieron porque en realidad no estaban considerando las alternativas. Además, al menos es posible que las alteraciones de la pandemia los hayan llevado a una gran reconsideración.

Por supuesto, eso no lo sabemos. Pero, si esto es parte de lo que está pasando, en realidad es algo bueno, un pequeño aspecto positivo frente a los horrores del COVID-19.

(c) The New York Times

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