“Esta nación pide acción, y acción ahora mismo. Nuestra primera gran tarea es poner a la gente a trabajar. Estoy preparado mediante mi encargo constitucional de recomendar las medidas que puedan requerir un país agraviado en medio de un mundo turbulento”. Estas fueron las palabras centrales del discurso de posesión de Franklin Delano Roosevelt (FDR), presidente número 32 de los Estados Unidos. Desde ese momento desató una frenética tarea gubernamental desconocida por los norteamericanos. FDR, o el “padre” de la figura conocida como los primeros 100 días de los gobernantes de las democracias modernas, impuso un modelo con objetivos claros y trabajos críticos diarios, lo llevaron a persuadir a los “gringos” para obtener su apoyo y confianza en un mandato que después de doce años fue conocido como el New Deal.
En esos primeros cien días no es posible definir la totalidad o el resultado final de una presidencia o alcaldía, pero como lo define Henry Kissinger: “Si quieren llegar a su destino, lo líderes deben adecuar poco a poco los medios a los fines y el propósito a las circunstancias”. En estos primeros cien días Carlos Fernando Galán ha demostrado, como primera autoridad del Distrito Capital, tener la capacidad de adaptarse a las condiciones de una ciudad con los álgidos problemas de Bogotá. Desde su posesión cuando anunció: “No les puedo prometer lo imposible, pero sí me comprometo a siempre hablarles con la verdad, a gobernar con transparencia”, ha sabido enfrentar con “cintura política” las arremetidas que la desafiante naturaleza le ha presentado, como los incendios de los cerros orientales o la reciente, e impopular decisión, de someter a más de diez millones de habitantes a un racionamiento de agua, luego del descenso en los embalses. Si algo podemos decir de su párvulo gobierno es la intención de querer generar empatía, es decir lograr que los habitantes de Bogotá lo acompañen y solidaricen con sus planteamientos, así sean dolorosos. La reacción ante estas dos crisis demuestra que el más de millón y medio de votantes siguen firmes con él.
En relación con el día a día se observa un burgomaestre buscando devolverle credibilidad al oficio de quien le toca habitar el Palacio Liévano. Las calles se comienzan a ver asfaltadas. El metro evidencia avances concretos y en “concreto”. Las múltiples obras civiles tienen una supervisión permanente. Las relaciones con el gobierno nacional no son altisonantes. Un ejemplo de lo anterior es el acuerdo con el Ministerio de Justicia para poder tener el predio donde se construirá la segunda cárcel distrital tan necesaria para castigar a tanto criminal suelto. Los temas como el sistema de salud, tan en boga por esta época, deja ver que tiene su precisa vigilancia para defender las instituciones distritales que actualmente están en las imprevisibles manos de la Superintendencia de Salud. En cultura, la oportuna traída del Festival Estéreo Picnic al parque Simón Bolívar. Sin dejar de mencionar la evolución del Plan de Desarrollo, cuyo marco de acción se presentará a finales de este mes para su debate ante el Concejo de Bogotá.
Esta evaluación no puede dejar de lado los inmensos retos que afrontará el alcalde Galán en los 1.358 días restantes de su mandato. La inseguridad, tema central de su campaña. La movilidad o inmovilidad de los ciudadanos en todos los medios de transporte. La recuperación del centro de la capital del país que cada día se deteriora más. En resumen, podríamos concluir que en estos cien días Galán ha sabido gestionar el riesgo sin perder el rigor del análisis ante el futuro de su gestión. Esa ponderación reivindica la política como oficio, pero nos permite también sostener sin ambages que hasta el momento no ha sido posible conocer el “centro de gravedad” de su propósito. Así como Mockus fue reconocido por la “cultura ciudadana” o Lucho Garzón por “hambre cero”, todavía no se percibe el apellido de la era Galán.