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Esta es la primera vez en la historia republicana de Colombia que la evaluación gubernamental conocida como “Los 100 días” no debería hacerse para examinar exclusivamente la labor del presidente Petro y su equipo de trabajo. En esta ocasión deberíamos evaluarnos TODOS los que hacemos parte de un país que por primera vez lo rige un mandatario de izquierda pura. Así pues, ni al país le ha ido bien si se mira en materia de incertidumbre, confianza o miedo, ni a Petro le va tan mal como sus malquerientes quisieran, ni tan bien como lo perciben sus electrizados seguidores.
Si fuéramos a seguir los paradigmas con los que se evaluaba los primeros 100 días de los gobiernos anteriores, diríamos que las primeras medidas fueron encaminadas a enfrentar la economía, reabrir relaciones con Venezuela y la paz total. Bajo el liderazgo de un presidente que tiene mejor imagen que el gabinete. La mayoría parlamentaria ofrece suficiente fuerza para tramitar estas y otras leyes necesarias en un país ávido de transformaciones. Analizaríamos los resultados de las encuestas y las veríamos como parte de la polarización evidente en un país divido entre petristas y antipetristas. Y culparíamos a algún funcionario de todos nuestros males. Hasta aquí una reflexión a la usanza. La noticia es que ese tipo de observaciones, con una ideología que nunca había estado en el ejercicio pleno del poder nacional, también involucra a los que no necesariamente están al mando.
Los gremios, por ejemplo, en su inmensa mayoría no han sabido leer a Petro y su narrativa. Se la pasan lanzando alarmas fuertemente politizadas y poco fundamentadas académicamente. Los dirigentes gremiales asustan remembrando la época del proceso 8.000 donde tomaron partido y la respuesta del presidente Samper fue “saltárselos con garrocha” y establecer canales directos con los dueños del balón económico nacional. Nada más desueto para estos momentos que la lectura de los panegíricos repletos de lamentos de los “disléxicos” agremiados antipetristas. En estos primeros 100 días quedan endeudados.
Los partidos políticos son convidados de piedra a la espera de ver el guiño del Pacto Histórico para ver hacia dónde se dirigen sus aspiraciones burocráticas o dónde lanzar adjetivos en búsqueda de una oposición. Típica forma de abordar la política parlamentaria por parte de unas colectividades que ya ni siquiera en las encuestas miden sus tendencias ideológicas. ¿Será que en los directorios políticos no han leído que ahora los sondeos de opinión investigan origen ideológico de izquierda, centro o derecha, cuando hace unos años indagaban por las huestes liberales, conservadoras, partido de la U, Cambio Radical o Centro Democrático? Los partidos también pierden en estos 100 días.
La academia brilló por su ausencia al momento de controvertir en materia de reforma tributaria, de paz, de justicia, política o salud y le dejaron ese oficio a centros de pensamiento con exfuncionarios formados en las escuelas económicas que ya no gobiernan (¿volverán?), pero demonizan con diarias apariciones mediáticas donde exponen planteamientos sin las razones contrastables y creíbles de cada una de las políticas del nuevo gobierno. A estos también Petro los tiene locos en estos 100 días.
Los sindicatos hace varias décadas que se diluyen diariamente en influencia. La época de las hordas de empleados públicos reclamando derechos fueron superadas por una generación que conoció que había vida más allá de un empleo y las ventajas de realizarse en sus propios emprendimientos. Y los sindicalistas que quedan son adláteres electorales con aspiraciones de abrirse camino en la escena política. No fueron capaces de hilvanar una sola idea frente a la reforma tributaria. Ni un plantón siquiera. En estos primeros 100 días Petro se los tragó.
Ojalá los 100 días de Petro nos enseñen que TODOS estamos frente a un cambio de época y no en época de cambios.