Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
El actual rector de la Universidad del Rosario, Alejandro Cheyne, describe el panorama de la actual juventud por medio del análisis de una reciente encuesta realizada por la firma Cifras y Conceptos, donde se mide el clima en este segmento poblacional entre los 18 y 32 años, de la siguiente manera: “Pero los jóvenes no se resignan ni pierden interés por la política. Al contrario, creen en el voto como herramienta de cambio y participación: el 75 % de los encuestados manifiestan que ejercerán este derecho en las elecciones regionales de octubre de 2023. Aunque cabe señalar que el 54 % de ellos no quiere votar por un candidato cercano al gobierno actual”. Esta medición se realizó antes de las estruendosas declaraciones del exembajador Armando Benedetti, Laura Sarabia y las chuzadas de unas colaboradoras domésticas de ambos.
Comencé citando al superior de una de las universidades más prestigiosas del país porque con este giro ideológico de los jóvenes es difícil entender la forma como el gobierno del presidente Gustavo Petro pretende posicionar el ataque como defensa para salir de una crisis engendrada por miembros de su entorno y de aliados de su victorioso proyecto político. El llamado “golpe blando” por definición es, según su estudioso Gene Sharp, “una estrategia de “golpe suave” para sacar del poder y se desarrolla en cinco etapas: ablandamiento, deslegitimación, calentamiento de la calle, combinación de diversas formas de lucha, fractura institucional”. Es preocupante que para tratar de recuperar su “auto desgobierno” el propio presidente lance la tesis del “golpe blando” y nadie de su entorno prepare un documento donde analicen que ninguna de las etapas de Sharp las está cumpliendo la etérea y deslucida oposición.
El descontento se ve reflejado en las actuales encuestas de opinión, las misma que registraban la ventaja del petrismo cuando ganó. El actual embotellamiento reformista en el parlamento se provocó luego de que el propio mandatario rompiera públicamente la coalición que le permitió sacar una ambiciosa reforma tributaria y un Plan Nacional de Desarrollo, además de gobernabilidad legislativa. Repito, la hizo pedazos el propio presidente. Las denuncias de malos manejos de recursos electorales, de ilegalidad de escuchas y de indicios de clientelismo como el del Fondo Nacional del Ahorro no las provocaron sus rivales políticos. La noción de falta de legitimidad de su mandato sale de los de adentro.
La idea de democracia callejera como método del “golpe blando” la enarbola el propio régimen. La sorpresa radica en lo “blandita de esas marchas”. Cómo será que hasta los ministros y el propio mandatario marcharon para su “autoapoyo”. Confieso que nunca había visto esa táctica como estribo gubernamental. La nueva estrategia de atacar a los medios, los mismos que respetaron sus virulentos debates contra los paramilitares y la banca en tiempos de su nacimiento como estrella fulgurante de la izquierda colombiana. Los mismos que por objetivas razones criticaron su deslucida gestión distrital, pero cubrieron con objetividad su defensa verbal y política por sus legítimos derechos.
Ojalá que alguien del remozado equipo presidencial le sugiera lo que el mismo politólogo y escritor Sharp sostiene: “todas las estructuras efectivas del poder tienen subsistemas mediante los cuales frenan o aceleran la obediencia de los individuos, incluidas las propias instituciones” para ver si dejan de provocar incendios “ablandando sus propios golpes”. En la misma medición que analiza el rector Cheyne, los jóvenes de todos los estratos tenían, en noviembre de 2022, opinión favorable de Gustavo Petro de 61 %, hoy es de 46 %. Que en la Casa de Nariño dejen de inventarse fantasmas y se remanguen la camisa para que no tengan que habilitar el examen el próximo 7 de agosto en el primer año de gobierno y pierdan los remediales en las elecciones de octubre.
