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Conociendo al intérprete

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El domingo 21 de junio de 2026, una apretada mayoría de colombianos eligió como mandatario a un intérprete de esas corrientes alimentadas por la rabia colectiva que inundaba a un país bajo el gobierno de Gustavo Petro. Al victorioso glosador de los deseos confusos de “sus defensores patriotas”, Colombia lo comienza a conocer.

Nicolás Maquiavelo ya lo propuso en el siglo XVI “un gobernante para sobrevivir tiene que ser un buen actor”. Algunos teóricos de la actuación sostienen que las herramientas del arte escénico son el vestuario, la iluminación, las máscaras y el podio. ¡Qué mayor teatro que la política! aún más tras la aparición de políticos como Víktor Orbán, Jarosław Kaczyński, Donald Trump y por nuestro vecindario Nayib Bukele o Javier Milei. Estos nuevos intérpretes de la vida de sus gobernados trajeron nuevos vestuarios, iluminaciones y máscaras para presentarlas en el púlpito a sus electrizados seguidores. Con un añadido, sobre todo en nuestro actual exégeta: nadie lo conocía como actor político. Sus interpretaciones, en la vida social del país, siempre fueron desde la barra de los tribunales, con la ahora reconfirmada intención de que sus libretos legales tuvieran réplicas mediáticas para incidir de forma dosificada en un sector ansioso de soluciones populistas que interpretaran el vacío existencial antipetrista. ¡Y el intérprete ganó!

El hoy presidente Abelardo de la Espriella y su equipo de campaña, supieron escenificar esa rabiosa expresión colectiva. Lo que en otra época de la vida política nacional se habría podido denominar “improvisación destructiva”, se convirtió con el triunfo del “tigre” y, para el infortunio de sus enconados rivales petristas, en la estrategia del primer gobierno de extrema derecha de Colombia en el siglo XXI que llega al poder. La realidad es que, como siempre, a nuestra nación también llegó tarde el performance contemporáneo que identifica a la política en el mundo. Una receta que copó al planeta democrático, donde la condición del intérprete de turno es no haber hecho política, tener una alta recordación en el nicho de los habitantes que sirven de recinto electoral y criticar todas las posturas ideológicas del progresismo.

Pero como toda obra, luego de la primera, el presidente de Colombia comienza a ser reconocido por sus actos de gobierno. Al personaje político desconocido le corresponde poner en escena su histrionismo político para que su interpretación tenga recibimiento entre un público ansioso de saber a quién eligió. En sus 60 días de gestión, el actual gobierno permite identificar algunas huellas de su ADN gubernamental. Una de ellas es la escenificación por encima de la palabra. Un gobernante que se pasea entre los cadáveres de sus bajas en combate me hizo pensar que el inquilino de la sede presidencial de Barranquilla, otro facto de su puesta en escena; recurre a lo que la escritora norteamericana Susan Sontag señala cuando nos anuncia que la sobreexposición de imágenes nos ha desensibilizado. El otro aspecto de este reconocimiento del nuevo presidente de Colombia fue llevar una pistola al cinto en un patrullaje contra criminales en varias ciudades. Esta labor, con dimensiones físicas y de acción, ratificó que el jefe de estado conoce la hybris del colombiano de hoy pues el recibimiento, sobre todo en las zonas donde hizo su aparición, fueron aplausos y las críticas vinieron desde los fríos escritorios de quienes no viven esa guerra. El otro elemento que nos permite comenzar a conocer la postura del actual gobierno es la presencia robustecida del gobierno Trump en el país. La chequera de órdenes de extradición no se termina. La retirada de visas a personas adversas a las rígidas condiciones en materia de lucha contra la corrupción y el narcotráfico del gobierno gringo no tiene parangón, y permite advertir que esa sociedad va para largo.

El intérprete comienza a ser reconocido, en sus recintos. Habrá que esperar cómo lo conocen en el teatro callejero.

@pedroviverost

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