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Estamos a días de definir el alcalde de Bogotá número 98 desde 1900 hasta nuestros días. El ambiente de la campaña hasta ahora, quién lo creyera a mes y medio de abrir las urnas, apenas comienza a calentarse. Lo más curioso son los temas prioritarios: la inseguridad, la inmovilidad vial, la economía, los servicios públicos, la carestía, las obras de infraestructura urbana inconclusas, por construir y las que están en el limbo. Una gestión saliente más bien mediocre en toda la línea, como lo registran encuestas, sondeos, bodegas de un lado y del otro, la opinión pública y la que se publica. Una ciudad en permanente ebullición siempre tiene contradicciones y novedades que merecen nuevas soluciones. La verdad es que el escenario actual de las candidaturas es más bien soso, estéril y poco emocional.
Gustavo Bolívar es la expresión de un país que con Gustavo Petro ya entró en el poder, es el establecimiento. Es un colombiano hecho por medio de sus experiencias por fuera del dominio tradicional. Una carrera vertiginosa de calle, evadiendo la pobreza y la tentación que ofrece la vida por los caminos urbanos donde experimentó la evidencia de la dura piel del colombiano. Es un profesional cincuentón con una visión de la política moderna. Tiene conexión con el bogotano de a pie. Desafortunadamente, los vientos negativos de la izquierda en el poder nacional no le auguran una buena mar electoral, por ahora. Es el candidato ideal para vencer en una segunda vuelta en Bogotá. Perdiendo Bolívar podría acaparar lo bueno de la gestión petrista y recoger esas banderas e intentar continuar con las tesis del actual mandatario, pero no con destino al Palacio Liévano, sino hacia Casa de Nariño. De llegar a perder, Bolívar ganaría tiempo para soñar en el 2026.
Si la evaluación se hiciera por experiencia o preparación para tomar decisiones, buenas o malas, el mejor de todos sería Diego Molano. Sin duda, tiene una hoja de vida robusta en responsabilidades reales de Estado, con sus claros y oscuros, ¿quién dijo que gobernar fuera para ángeles? Pero sobre su figura está la pesada carga de las protestas y su actuación en ellas. Además de algo que tiene la amalgamada capital del país: tiene un voto rebelde. A los habitantes de Bogotá les gusta la mixtura social y eso solo lo percibe una ciudadanía alejada de la derecha. Es improbable que Molano logre desmarcarse de la estampa añeja del derechismo uribista.
Carlos Fernando Galán perdió hace cuatro años por más de 80 mil votos frente a Claudia López. Esa elección se le fue de las manos por el pésimo remate que hizo el líder del Nuevo Liberalismo contra la actual alcaldesa. Pensó que la “ola galanista” de ese momento y su fuerza evidente lo llevarían a la alcaldía. Se equivocó. Con más de un millón de votos y a pesar de los innumerables errores estratégicos cometidos por su partido, Galán tiene una masa importante de seguidores. El ambiente de tensa calma que circula en Bogotá, le favorece para ser la opción ubicada para un electorado que pareciera cansado de optar por soluciones extremas, populistas o maximalistas. El hecho de reconocer que Bogotá no nacerá con él y que continuará las mejores ejecuciones de sus antecesores evoca la sensatez y la razón en épocas de incertidumbre política, económica y social. Esperemos que los últimos quince días de la actual campaña, Carlos Fernando Galán no se confíe y recuerde que hay una segunda vuelta.
Los otros candidatos, incluido Juan Daniel Oviedo, que comenzó solo en la piscina electoral bogotana hace más de año, (y, a mi juicio, la definición en la política electoral es una carrera de sprint y no de fondo) parecieran verse molidos por el afán de una ciudanía que está buscando afanosamente alguien que represente sus angustias, dolores y la desobediencia consuetudinaria de la capital del país. Aclaro y para ello recurro a la enseñanza de un gran maestro: “en política lo único cierto es lo que ya pasó”.
