En reciente entrevista, la exministra Cecilia López describe lo que está ocurriendo con la coyuntura del gobierno de su exjefe Gustavo Petro: “No hay presidente que pase por el Gobierno sin tener una crisis que lo marque. Y parte de su éxito es la forma en la que lo maneje. Desde Turbay, pasando por Betancur o Samper, he visto de cerca muchas crisis”. Veamos atisbos de la forma como lo hicieron antecesores.
La presidencia del liberal Turbay Ayala fue el inicio de la “derechización” del Partido Liberal Colombiano. Le correspondió manejar los embates de la movilización social del paro nacional de 1977. Además de la consolidación de un M-19 imaginativo, criminal y urbano. La toma de la embajada de República Dominicana puso a prueba la paciencia oriental de Turbay. Al final ganó su fuerza mental y logró salir en tablas de esa compleja prueba. Protegió la vida de los diplomáticos e inmediatamente desplegó una acción militar sin límites contra la guerrilla. Fue concluyente y actuó rápido, a pesar de las consecuencias en materia de derechos humanos y del viraje ideológico de su partido.
Belisario fue frágil desde antes de posesionarse. Demostró ser más liberal que conservador, en una situación que le tocó vivir como mandatario eso tuvo un precio. La toma y retoma del Palacio de Justicia lo marcó como presidente. A tal punto que la única salida fue ser un valioso expresidente, alejándose de la política. La crisis se lo tragó hasta hoy. Virgilio Barco fue un mandatario al que le correspondió defender, con los pocos trastos que tenía el Estado en materia de seguridad, una guerra contra el demencial Pablo Escobar. Asesinaron tres candidatos presidenciales. Secuestros. Atentados. Fue la fuerza de su radicalismo lo que lo mantuvo. Su ingenio, de manzanillo en Cúcuta y tecnócrata en Bogotá, le permitieron crear nuevos caminos en materia de políticas públicas ambiciosas, fue esto lo que lo llevó a terminar el periodo.
César Gaviria desde su posesión tuvo en mente que la forma de sacar adelante su misión era convertir en realidad la reforma constitucional iniciada por su exjefe Barco. Su gélido sello, la renovación temática de la nueva constitución, el cambio de las caras que se transportaban en los vehículos del gobierno y finalmente la caída de Escobar, sin nunca perder de vista el manejo de los debates de la Asamblea Nacional Constituyente, le permitieron soportar el apagón y la fuga de Pablo Escobar.
Ernesto Samper enfrentó el proceso 8.000 por medio de las mayorías liberales en el Congreso. Con un gabinete de lujo y dividiendo a todos los actores que hacían parte de la gobernanza a la colombiana, concluyó su ciclo presidencial. El elefante aún lo sigue acompañando. Andrés Pastrana, en vista del rotundo fracaso del Caguán, intentó crear, para salvar los muebles de su mal gobierno, la narrativa del Plan Colombia. Le sirvió más a su sucesor que a él mismo. Álvaro Uribe creó sus propias crisis. Cambió el articulito. Se mantuvo más de lo necesario en el poder y en ese interregno absorbió sus propios males. No sale aún de “sus autocrisis”. Santos capoteó sus mandatos con coaliciones de derecha e izquierda. Los escándalos de financiación de sus campañas fueron nublados por la firma de la paz con las antiguas FARC. A Duque el juicio de la historia lo evaluará por el manejo del covid-19 y la transición histórica del país hacia la izquierda.
La anormalidad de la gestión del actual presidente traerá consecuencias inimaginables, igual a la de sus antecesores. Por ahora, la Casa de Nariño, en su afán polarizador, rompió con el sector antituribista que lo acompañó con oxígeno electoral y de gestión. Intenta crear fantasmas de “golpe blando”. No se ve con claridad el centro de gravedad de su gobierno.
¿Qué debe conservarse, cambiar o descartar? ¿Qué merece compromiso y qué no? Le quedan tres años de gobierno, una valoración de este estilo lo salvaría, por lo menos de la autoinducida crisis por la que pasa su párvulo mandato. Lástima que ya no tenga a Cecilia López.