Todos los gobiernos, para poder garantizar su legitimidad permanente en las democracias, tienen un centro de gravedad en materia política. A la hora de evaluar sus realizaciones como gobernantes —desde Simón Bolívar, con su idílico sueño de la Gran Colombia, hasta Iván Duque, quien no va a pasar a la historia como el Uribe 2.0 sino por la forma como enfrentó el COVID-19—, quieren presentar en el teatro público de sus naciones un tema perpetuo como legado. Algunos a veces hacen una inmersión psicológica en las mentes de sus gobernados y de la opinión pública hasta ser percibidos como estadistas que alcanzaron lo que prometieron al escoger ese tema vital de sus mandatos. Hoy el presidente Petro no lo tiene.
Veamos. César Gaviria rompió con las ataduras ideológicas del inmolado Luis Carlos Galán y en medio de su proverbial pragmatismo prometió un futuro vía la reforma constitucional más ambiciosa que un presidente de Colombia haya logrado después de Rafael Núñez. Su centro de gravedad fue reformar el país cambiando los resortes constitucionales de Colombia, incluso legitimando políticamente a la agrupación M-19. Y lo logró. Ernesto Samper prometió ser el transformador social de la república, una especie de “Petro cachaco” de los 90, pero pasará a la historia como el hombre que se defendió y pudo mantenerse en el poder a pesar de los surcos de dolores y de dólares que entraron a la campaña del candidato del Partido Liberal. No lo logró. La vanidad por ganarle a Andrés Pastrana le arrebató un potente centro de gravedad (siempre me he preguntado: si Samper hubiera perdido sin la plata oscura en 1994, ¿hubiera logrado el Salto Social en 1998? Con ese equipo de gobierno y su inteligencia, no me cabe duda).
Desde la segunda vuelta presidencial de 1998, cuando resultó electo presidente, Pastrana le entregó su futuro electoral y de gobierno a sus “socios políticos”, que le ayudaron a arrebatarle a su rival Horacio Serpa el discurso de la paz que tenía por coherencia e historia. Un reloj en la selva le cambió la vida política al segundo Pastrana mandatario. Pero la falta de credibilidad y el inteligente oportunismo electoral al momento de pactar con las FARC en plena campaña lo llevaron a fracasar en la búsqueda del camino de la paz, su centro de gravedad como gobernante. Para salvar los muebles, los pastranistas quieren hacernos creer que no era la firma de un acuerdo sino el Plan Colombia su centro de gravedad: ¡mamola! En 2002, para dejar de ser el “Estado fallido” que éramos como país, hizo aparición un tsunami político que hasta hoy retumba: Álvaro Uribe. Con un concepto oportuno e inmensamente aceptado por los colombianos, la Seguridad Democrática como su centro de gravedad, ganó dos elecciones en la primera vuelta. Lo logró. Con una narrativa sacerdotal evangelizó al país a tal punto que su sucesor y apalancado, Juan Manuel Santos, el día de su primera posesión lo declaró el segundo Libertador mientras Uribe lo escuchaba adusto, seguramente pensando en las palabras del expresidente Olaya Herrera: “Qué traidores tan leales”. A propósito de Santos, él comenzó con un centro de gravedad que podríamos definir como Uribe 2.0 o el que iba a acabar la culebra. En 2010 los colombianos no caímos en la cuenta de que el centro de gravedad santista lo iba a cumplir en su segundo mandato, lejos de Uribe y acabando con una parte de la víbora, firmando la paz con las FARC.
Hoy el presidente Petro no logra consolidar su centro de gravedad. No sabemos si es la paz con el ELN. O la —bautizada por alguien— paz total. O el cambio climático y su agenda de líder mundial en este tópico. O la desigualdad. O la indignación. O Hambre Cero. No creo que el problema del descenso en las encuestas se deba a una falta de estrategia de comunicaciones o al exagerado uso del Twitter presidencial. Si el presidente no encuentra su centro de gravedad, no parará su desplome.