Lo importante de una alternativa democrática frente a los gobiernos de turno no es tener un opositor sino crear una oposición. Me explico. No hay que buscar vocería opositora entre Paloma Valencia, María Fernanda Cabal, Miguel Uribe, Enrique Gómez, Fico Gutiérrez, Germán Vargas Lleras o el expresidente Álvaro Uribe; lo realmente importante son los temas que hacen hablar a la oposición para convertirla en la posible vía para desmoronar gobiernos. Luego de 20 años de hegemonía discursiva del uribismo, la permanente línea opositora de la socialdemocracia y la izquierda colombiana encontró una veta política para taladrar los tres huevitos de un sector que para permanecer en el poder tuvo que reinventarse a sí mismo como gobierno y oposición, a veces al mismo tiempo. Ejemplo de ello fue Juan Manuel Santos, que en ocho años de gobierno fue elegido por la derecha y luego por la izquierda. La oposición y los gobernantes en Colombia dan para todo.
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Pero hoy, a menos de un mes del gobierno del presidente Petro, hay más una cuadrilla de deseosos opositores sin la muleta para citar al toro petrista que hoy circula solo por la autopista política colombiana. Cómo estará la cosa que ellos mismos, vía el senador Gustavo Bolívar, se critican con vehemencia. Mientras Bolívar se convierte en el faro moral del petrismo denunciando de manera permanente cuales amenazas tiene el gobierno, adentro y afuera, los autodenominados opositores, sin rostro definido y en gavilla, lanzan rayos y centellas contra una ministra porque se pone tenis para recibir una visita de Estado. ¿La diferencia es la calidad de las ideas para constituirse en oposición? Sin duda.
Para hacer oposición hay que esperar que los hechos del gobierno persuadan a los colombianos sobre la necesidad de mirar hacia otro lado. Lo que está ocurriendo hoy es un afán maratónico por ver, como en el futbol italiano, “il catenaccio”, qué error comete el gobierno e intentar por ahí dinamitar la línea gubernamental y así potenciar la oposición. Lamentablemente los tiempos actuales dejan ver que el balón lo tiene “Lionel Petro”.
En Colombia hubo opositores como Laureano Gómez, por algo le decían “el basilisco”, quien con su lengua letal derribó gobiernos, creó demonios y consolidó un sector radical en los inicios del siglo pasado. ¿De pronto a esa conmemoración le juega su nieto? También tuvimos el crítico López Michelsen contra la tenaza frentenacionalista. A Luis Carlos Galán, quien con su férrea lucha contra la narcopolítica provocó una salida constitucional a una sociedad bloqueada durante 100 años. (A propósito, ojalá pudiéramos escuchar la voz de Carlos Fernando en este debate sin que continúe tratando de emular a su simbólico padre). Otro opositor fue Horacio Serpa Uribe, quien enarboló la bandera socialdemócrata para enfrentar sin vacilación a Andrés Pastrana, y las dos presidencias de Uribe. No ganó en sus tres intentos, pero gérmenes serpistas son reivindicaciones del actual gobierno. El mismo Gustavo Petro es resultado de una enconada oposición, pero con ideas que buscaban un espacio democrático. Con paciencia de alfarero las construyó durante 30 años de trasegar. Las ideas de la legalización de las drogas, de la seguridad humana, de la lucha contra el hambre, de la inclusión social, de la defensa del medio ambiente, de la justicia restaurativa, revisar el TLC o el tratado de extradición con EE. UU., obedecieron a un proyecto de campaña permanente contra un rival que tenía teorías opuestas y llevadas a la práctica durante varios gobiernos que sirvieron de sparring para el petrismo. En las anteriores elecciones perdió la doctrina uribista como fórmula de gobierno y de oposición.
El debate tiene que focalizarse en la construcción de un novedoso paradigma que enfrente al predominio político que, no me cabe duda, quiere conformar el Pacto Histórico. Señores de la oposición, como decían las abuelitas: calma, pulgas, que la noche es larga.