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Paz total en la Casa de Nariño

Pedro Viveros

07 de agosto de 2023 - 09:00 p. m.

Nicolás Maquiavelo en su libro El príncipe nos entrega una máxima acorde con la actual coyuntura política colombiana: “El príncipe al trono, la familia al destierro”. El linaje petrista pareciera no haber leído al consejero toscano y prefirió meterse en las casas de toda Colombia, haciendo imposible deslindar en esta circunstancia pública las relaciones íntimas y el factor poder de la estirpe Petro. Por eso, uno de los aspectos de las diligencias judiciales de Nicolás Petro Burgos que más impactaron fue su negación a la visita que su padre-presidente pretendió realizar a los calabozos de la Fiscalía General de la Nación, donde estaba el primogénito presidencial luego de su estrepitosa captura.

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La política en su más cruda definición es una gran contradicción de intereses. En Colombia, con nuestra tradición judeocristiana, tenemos un deseo por ver ángeles en el ejercicio de la toma de decisiones públicas. Lamento decepcionarlos, nunca va a ser así. Son seres humanos con sus luces y sus sombras, con ambición y codicia. Por esa razón muchas familias colombianas, en el ámbito nacional y regional, han preferido asignar a sus más cercanos familiares el manejo de las relaciones o de los dineros que llegan a las campañas locales o presidenciales, para evitar otros “demonios poco confiables”. Paradojas de la propia política.

La familia Petro, por decisión del hoy mandatario y según hechos evidentes, escogió a Nicolás para liderar políticamente su legado. No de otra manera se explica que este párvulo petrista fuera el elegido para aspirar a la Gobernación del Atlántico y luego para ser diputado opositor en la Asamblea de ese departamento. Como si fuera poco, fue designado para resolver controversias de la campaña de su padre en el Caribe. Muchas castas políticas han metido a sus familiares en este “riesgoso oficio” de la política. Lo que nunca había ocurrido fue conocer pública y jurídicamente testimonios entrecruzados entre hijo y padre-presidente sobre denuncias de alto calado, todavía en controversia.

Es común escuchar dos frases sobre este Gobierno: “Vivir sabroso” y “Yo no lo crie”. De esas dos oraciones populares que circulan afanosamente entre los habitantes del país del Sagrado Corazón, en los últimos días fue la segunda la que concentró las más disímiles interpretaciones y hasta tonalidades. La sorna con que algunos la pronuncian deja entrever la repulsa a la forma como un padre posiblemente envilecido por el poder deja caer a su hijo en las fauces penales y políticas. Otros defienden el concepto de “la contradicción de intereses” y prefieren creer que el presidente Gustavo Petro sí leyó a Maquiavelo en uno de sus consejos más conocidos: “El que no detecta los males cuando nacen no es verdaderamente prudente”.

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Pero para un país mayoritariamente católico la idea de familia pareciera recurrir a una sentencia ancestral del Pacífico colombiano: “Con la familia y los cercanos, con la razón o sin ella”. En este sentido, las opiniones duras del primer mandatario de la nación en todo este episodio no encuentran una explicación diferente a la de las grietas familiares que todos los seres humanos tenemos cuando de convivir con hijos, hermanos, tíos, primos, suegros y padres se trata. Una especie de perdón vedado al propio entorno de padre-presidente e hijo. Un espacio para poder dialogar entre ellos y reconciliarse, a pesar de sus diferencias y dolores originales. Para muchos es incomprensible que el Gobierno que busca la paz total con grupos subversivos, bandas criminales, disidentes y hasta con impenitentes desertores no pueda tener una segunda oportunidad para perdonarse entre iguales de sangre.

Cuando Napoleón Bonaparte salió derrotado de Waterloo, le encontraron un documento donde intentaba traducir El príncipe. Una frase decía: “Me gustaría enseñarles el camino al infierno para que se mantengan apartados de él”.

@pedroviverost

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