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Petro y la foto oculta

Pedro Viveros

12 de julio de 2022 - 12:01 a. m.
Vicepresidenta electa y Gustavo Petro, Presidente electo de Colombia, junto a sus familias, dan discurso en el Movistar Arena tras la victoria en segunda vuelta.
Foto: Óscar Pérez
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No hubo atril con micrófono ni teleprompter. Los rostros de reconocidos políticos, salvo el de él, no estaban en el foco de las cámaras de los periodistas, ni de los celulares. La repleta tarima soportaba el peso de figuras disímiles a las acostumbradas en las anteriores victorias de la estable democracia colombiana. Esta vez estaba él, un exguerrillero de izquierda, tres veces candidato presidencial, exalcalde, parlamentario opositor consuetudinario, escoltado por su familia y flanqueados por afrocolombianos e indígenas que lucían vestidos coloridos y bellos, como sus rostros desconocidos para la temerosa mitad de colombianos que nunca los habían visto revestidos con la majestad legítima del voto ganador. Una nueva mayoría que provocaba miedo, esperanza, odio, temor y mucha, pero mucha, incertidumbre.

Esa noche bogotana, la del triunfo del primer presidente de izquierda elegido por los colombianos, además de Gustavo Petro en esa foto desconocida durante 200 años aparecieron de forma espontánea, pero poderosas, las caras reales de la llamada “primera línea”, de Francia Márquez y su madre, de los familiares del estudiante Dylan Cruz fallecido en las calles de Colombia quienes, en medio de la algarabía que permite la tribuna ganadora, se abrieron paso con la energía que hace transformar el temor en esperanza de justicia. Justo al lado de ellos se podía observar la imagen de un símbolo de la política colombiana que nunca logró llegar a la Casa de Nariño luego de varios intentos: el profesor Antanas Mockus. Un retrato de la esencia de un país que escogió de forma legítima y democrática que los componentes de esa fotografía presidirán por primera vez a Colombia.

Para unos auténticos, para otros “los nadies”. Otros sugieren que llegaron los “King Kong” a la casa que para “los otros” estuvo habitada en este cuatrienio que agoniza por el “Porky” nacional. Era el descubrimiento de una fuerza en movimiento que estaba latente en territorios excluidos y lejanos que esa victoriosa tarde hacía su presentación en público y con poder. Estremecedor para la media Colombia derrotada, vibrante para los lejanos habitantes de los cuatro puntos cardinales de la llamada bisagra del hemisferio. A esa exultante imagen la soportaba además de más 11 millones de votos, la explosión de mensajes que deambulaban por las redes sociales, los periódicos, los noticieros, la radio donde molían el mensaje de que en un país históricamente de centro derecha llegaba al poder uno de los más polarizadores de los candidatos quien, con un discurso controversial e inconcluso, incursionaba con varios años de retraso a la Casa de Nariño. Era el déjà vu más esperado en un país con mayoría de población más cercana al arquetipo del retrato ganador. Era el espejo que se rompía ante un sector derrotado que siempre había ocupado ese lugar en este tipo de celebraciones y hoy le tocaba de espectador.

En un país donde la bronca es real entre unos y otros. Donde la brecha de las incomprensiones que peregrinaba un vínculo con la humanidad, de la noche a la mañana, por medio de un sufragio mayoritario, por fin nuestras imperfecciones resaltaban en un recinto extraño originado por unos desconocidos que unos no los querían, ni quieren, ni querrán reconocer, pero ante sus aprensivos ojos veían que había ocurrido lo improbable: van a mandar a partir del 7 de agosto.

Luego del descreimiento al ver esas caras irreconocibles, de la negación inicial, de la aceptación posterior y de un acuerdo que comienza a moldearse, ojalá en cuatro años cuando Petro entregue el poder, los nuevos dueños de la silla presidencial no hayan sido un accidente en una Colombia que por esa fotografía ocultada por años nunca volverá a ser la misma.

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