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4 Oct 2022 - 5:00 a. m.

Presidente, ojo con la anomia

Dijo el presidente Gustavo Petro luego de su primera reunión con todo el gobierno en Hatogrande: “El legado que queremos dejar es el cambio”. Para ello, en esa misma reunión, definieron temas como la paz total, salud sin barreras, reducción de la pobreza, educación, economía popular, ordenamiento territorial, acceso a la tierra, producción agrícola, justicia ambiental, energías limpias, agua como derecho humano, justicia económica, seguridad humana y al final resumió así esta tarea para la gestión de su gobierno: “cambiar el país, cambiar políticas públicas. Vamos a cambiar concepciones que ya no sirven para el siglo XXI, que se quedaron atrás y nos están autodestruyendo como sociedad e, incluso, como naturaleza. Colombia potencia mundial de la vida es posible si tenemos un gobierno y una sociedad del cambio”. El presidente, que es un líder inteligente, debe saber que lo eligieron porque ya los colombianos habíamos cambiado.

Colombia hoy no es la misma de hace 40 años. Acá no hubo pinochets, ortegas o maduros. Por el contrario, lo que se dio con la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, fue el cambio más profundo en materia constitucional con sentido democrático y participativo en toda la historia colombiana. Facilitó tanto la evolución política de Colombia que incluso permitió que un exguerrillero de izquierda ganara democráticamente una silla en el Congreso de la República, fuera alcalde de la ciudad más importante del país y hoy pudiera llegar a la Casa de Nariño. Esa misma sociedad, con su permanente progreso, es la que hoy le toca gobernar.

El país que cambió y que lo eligió, no es el mismo que el Petro alzado en armas combatió. No existe la misma división ideológica, por ejemplo. Ya el paradigma comunista no existe, así haya reinterpretaciones (Marx siempre da para todo). Otro elemento que se intensificó en estas cuatro décadas fue la lucha contra la pobreza en Latinoamérica y Colombia descendió de manera importante, no de forma absoluta claro. Esas mismas personas marginales que cambiaron de situación gracias a los gobiernos democráticos, con errores y exageraciones, es decir los mismos beneficiados con el discurso exitoso para sacar a millones de condiciones extremas de empobrecimiento, fueron los mismos que salieron a las calles de Brasil (Dilma Rousseff exguerrillera de izquierda lo gobernaba), en Chile, o en Colombia, porque cuando le cambian la realidad a los seres humanos no quieren regresar a su situación original, quieren mejorar sus vidas.

Al leer con atención los temas escogidos para el cambio, el gobierno olvida, por ejemplo, que lo más importante es mantener controlada la inflación (el peor impuesto para los más pobres) y una macroeconomía sana. Hoy a nadie le importa si las medidas que tomen sean de un presidente de izquierda o de derecha: es para todos. Ese equilibrio entre lo que ingresa y lo que se gasta es un arte que hoy nadie refiere a las ideologías. El vademécum de proyectos expuestos la noche del cierre de la sesión ministerial de afinamiento gubernamental en la fría sabana, tiene muchos adjetivos que pueden llevarnos a una anomia estatal (desorganización social como consecuencia de la incongruencia de las normas sociales) sobre todo con los nubarrones de recesión que los radares económicos comienzan a prever. ¿Sin ingresos cuál cambio? Los colombianos cambiantes que llevaron al poder al petrismo, pueden volver a cambiar si los vientos de cola afectan sus anhelos de ascender en sus deseos en materia de salud, educación y empleo.

Cuando se analiza con atención las hasta ahora deshilvanadas agendas de los ministros parece que quisieran una refundación de Colombia más que unas reformas profundas. Ojalá se enfocaran en hacer un cambio sin ruptura, para que en caso de tener lo que parece va a ser el 2023 puedan, de forma institucional, contener esa tormenta y evitar que se les convierta en un tsunami. Remember Gabriel Boric.

@pedroviverost

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