En el primer año de gobierno hubo “dos Petros”. El inicial consolidó una fuerte coalición dando frutos con una robusta reforma tributaria y la aprobación del Plan Nacional de Desarrollo. El segundo rompió esa asociación política refugiándose en el radicalismo de su sector donde la constante no fue el cambio, sino la permanente pugnacidad e incertidumbre nacionales. Ya inició el segundo año de los tres que le quedan.
Lo primero que habrá será un lento avance legislativo, en gran parte por un cierre de año enfocado en las elecciones regionales. En Colombia los parlamentarios ya no se eligen desde los directorios políticos bogotanos, su suerte recae en las manos de alcaldes y gobernadores que con el poder local potencian apetencias de los futuros padres de la patria. En otras palabras, los actuales legisladores buscarán votos, pero no en las comisiones constitucionales que conforman tanto Senado y Cámara de representantes, sino en las calles y ríos de su influencia política. No van a tener mucha actividad en materia de estudios de proyectos de leyes, sería muy naif por parte del ministro de Interior poner énfasis en lograr avances en un desocupado parlamento.
Lo segundo es el coletazo de una economía que viene entregando resultados positivos por los rezagos de las excepcionales medidas tomadas en la pandemia. Es sabido que el desempleo decreció, igual la inflación y el crecimiento muestra menguados resultados, es decir el viento de cola juega todavía a favor del gobierno. Pero las corrientes adversas de 2024 pueden constituir un reto adicional porque el aparato productivo muestra una fuerte disminución y de no crecer es poco probable que haya dinámica de empleo. El Banco de la República, a pesar de la disminución inflacionaria, no va a bajar las tasas porque ésta sigue por encima de dos dígitos y con el crédito estancado es improbable lograr mover el crecimiento. Queda el recaudo gubernamental para potenciar inversiones estatales, sin embargo, en este campo las entidades no han demostrado ser juiciosas en el cumplimento de su ejecución presupuestal.
El tercer punto de este nuevo año petrista tiene que ver con un aspecto que le puede beneficiar para reconfigurar lo que, por cuarta vez, ha llamado Casa de Nariño gran acuerdo nacional. La relación libidinosa con el Congreso y la llegada de los mandatarios locales. Eso de pensar que la independencia de los congresistas se debe a la separación de poderes es un sofisma. En realidad, los “hombres de las leyes” se mueven por las “cosas de comer” y frente a un gobierno débil en materia de gobernabilidad, con sendas denuncias en la comisión de acusaciones, el ministro Velasco podría tener un espacio para rendir resultados, ya no una aplanadora, pero si en un “tractor legislativo” que le permita sacar, no una ambiciosa y aporreada agenda, sino un breviario de propósitos previamente consensuados.
La llegada de nuevos gobernantes locales quienes no van a poder sacar adelante sus gestiones si no cuentan con el gobierno nacional, le puede convenir al presidente. De ser proactiva e inteligente, Presidencia de la República podría consolidar nuevas relaciones con frescos mandatarios que no van a chocar de entrada. Este espacio puede convenir para irrigar recursos departamentales con una generosa retribución en materia de ejecución del presupuesto y oxígeno en opinión pública sobre todo en zonas donde ganó. Al tiempo que podría rearmar su “Pacto Histórico” de cara a las elecciones parlamentarias y presidenciales de 2026.
Cuarto, que en sus ya populares “retiradas desconocidas” decida radicalizarse y cerrarse aún más, para terminar echando culpas a “diestra y siniestra” contra los que, según él, no quieren dejarlo gobernar.
El presidente puede tener respiro político en el segundo año o iniciar un raquítico tercer y cuarto año del primer experimento gubernamental de la izquierda colombiana.
Esta historia continuará…