La tercera ley de Isaac Newton, “a cada acción se opone siempre una reacción”, es la descripción exacta para lo que puede ocurrir de ser escogido Tomás Uribe como candidato de la derecha para enfrentar a Gustavo Petro en una segunda vuelta el próximo año. No se trata de descalificar al individuo con plenos derechos políticos para aspirar a cualquier elección de la democracia colombiana. Tampoco se necesita recurrir a las controversias surgidas por el desarrollo empresarial que tanto él como su hermano Jerónimo han realizado en distintos campos de la economía nacional. La realidad es incuestionable y única: Tomás es el hijo de Uribe. Tan simple y significativo como eso. Ya no es el protegido ni el heredero político. Es la viva familia uribista en la defensa de un legado que día a día se desgasta más, precisamente por su exceso de uso.
Cuando Álvaro Uribe ganó la presidencia de Colombia en 2002 venía precedido de la novedad de ser un líder regional controvertido en materia política, pero con el sello de ser un funcionario público joven y eficiente con posturas radicales que generaban la percepción de representar el tipo de liderazgo que se requería para gobernar una desgobernada nación “pastranista”. Ese descubrimiento deslumbró al país y le permitió ganar en primera vuelta en ambas aspiraciones. Esa potencia del discurso de Uribe, unido a los resultados, sobre todo en su primer mandato, le abrieron la fruición por el poder y pensó consolidar una especia de “peronismo a la colombiana” que, como en Argentina, cualquiera que quisiera aspirar a la Casa de Nariño tenía que tener su guiño o su respaldo. Solo Juan Manuel Santos II lo venció, eso sí, luego de haber usado la casaca uribista en la primera elección.
Luego de la victoria del presidente Iván Duque, la idea que circuló fue la del ascenso del uribismo 2.0. Hoy el gabinete ministerial tiene figuras de la nueva retaguardia de este sector, pero todos están concentrados en gastar todas sus municiones enfrentando una pandemia que nadie imaginaba en el panorama en 2018 cuando derrotaron a Gustavo Petro. La forma como el actual mandatario de los colombianos viene enfrentando el COVID-19 tendrá que ser examinada en su plena dimensión con el paso de los años, por ahora lo que nadie puede aseverar es la ausencia del presidente Duque en la batalla contra este enemigo invisible. Su presencia enarbolando la bandera de asumir sus plenas responsabilidades en materia sanitaria y económica lo han llevado a ser acusado de sobreutilizar los medios diariamente o de golpear el bolsillo de los colombianos de forma dura. Para resumir sus actuaciones, recurro al escritor austriaco Stefan Zweig que solía decir: “La historia no tiene tiempo para ser justa”.
El año entrante se cumplirán 20 años, casi una generación, de ejercicio o protagonismo pleno de Álvaro Uribe en la primera plana del acontecer nacional como líder indiscutido de un sector políticamente activo y ambicioso. Este hecho desgasta todavía más cuando no parece desviarse el foco de atención en la figura de jefe natural del Centro Democrático. Esa pesada carga lo tiene en las mediciones de expresidentes con menguados resultados para su favorabilidad, unido a los ataques jurídicos y mediáticos por exámenes legales inconclusos que redundan en potenciar su imagen carcomida.
El verbo corroer significa destruir lentamente una materia o agente orgánico e inorgánico. Eso le viene sucediendo a Uribe después de trasegar por dos décadas las fangosas aguas del poder a la colombiana. Si quiere comenzar una nueva generación con Tomás, le abrirá paso a otro político que, siendo su antípoda ideológica, tiene en esencia las mismas ganas de dominar la política en Colombia. Por algo Gustavo Petro II tiene familiares con emblemáticas aspiraciones.
Si es Tomás Uribe el ungido, por fatiga de metal, ganaría la incubación “petrista”.