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“Yo nunca me había metido tres meses al Congreso y, lo digo públicamente, le agradezco por la forma juiciosa como se discute”, palabras de Jorge Iván González, director del Departamento Nacional de Planeación (DNP), luego de ser aprobado el Plan Nacional de Desarrollo. El funcionario menciona tres veces la palabra Congreso, siempre antecedida de la aseveración de no haber estado nunca en los pasillos de ese recinto. Hay que apreciar el mensaje con trasfondo de deseo (¿ingenuo?) de querer separarse de las prácticas que se acostumbran en ese tipo de corporaciones, no solo en Colombia sino en todas las democracias del mundo: la política por encima de los expertos. Pero, luego de leer las declaraciones de un funcionario con fama de capaz y de tener buenas intenciones, me asaltó una duda: ¿con la salida de José Antonio Ocampo del Ministerio de Hacienda, Cecilia López de Agricultura y Alejandro Gaviria de Educación estamos asistiendo a los estertores de la tecnocracia a la colombiana como la conocimos?
La palabra tecnocracia tiene dos definiciones según la RAE: “1. Ejercicio del poder por los tecnócratas. 2. Grupo o equipo de tecnócratas dirigentes”. La misma academia define tecnócrata como técnico o persona especializada en alguna materia de economía, administración, etc., que ejerce un cargo público con tendencia a hallar soluciones eficaces por encima de otras consideraciones ideológicas o políticas. Según esta noción, los encargados de la toma de decisiones en materia de políticas públicas en el aparato estatal deben tener respeto por los aspectos fundamentados tanto en lo cualitativo como lo cuantitativo, ofreciendo soluciones con evidencias reales y menos sesgos políticos al planear la evolución de los aspectos en donde el Estado hace apuestas productivas. Es decir, los tecnócratas deben tener conocimiento incluso de los aspectos más endiablados de la sal política de sus países, para que prime lo racional sobre los ventarrones puramente políticos. Si no es así, asistimos a la muerte de esa definición de la RAE. Hoy la arena política tiene como objetivo ganar la “batalla cultural”, o sea, el discurso (o la narrativa), que pareciera llevarle la delantera a la valoración meramente técnica en la toma de decisiones públicas.
Los técnicos-economistas-administradores surgieron en las democracias después de la Segunda Guerra Mundial en Estados Unidos, que, para reconstruir los desastres ideológicos producto de las amenazas y los despilfarros de una Europa en guerra, recurrió a la academia para formar profesionales que pudieran evaluar, analizar e implementar “conocimiento experto” y así modernizar los países destruidos por la ideologización de su aparato productivo. Hoy, cuando las amenazas mundiales parecieran reencaucharse bajo la formulación de populismos de izquierda y derecha, la tecnocracia que llegó a Colombia en los años 50 vía instituciones como el Banco de la República y el DNP pareciera ser referente más como estorbo que como ventaja para la legitimidad del crecimiento económico. La época de oro de la tecnocracia la vivió Colombia bajo el gobierno de Carlos Lleras Restrepo, quien era lector detallista e ilustrado de los CONPES y asentó a unos jóvenes quienes luego de conocer lo público podían dar conceptos de expertos. Fueron directores de Planeación, ministros, vices, entregando al país planteamientos para superar crisis económicas y financieras de alto calado, muchos en contra de la popularidad de los mandatarios de turno.
Luego de la caída de Alberto Carrasquilla, epítome de la tecnocracia, pareciera que esa escuela quema las manos de los nuevos gobernantes. El mismo director del DNP sostiene: “Yo no veo problema en que el político se tome la foto al lado de una obra que quedó bien hecha”. Por ahora a los colombianos nos tocará seguir leyendo a Ocampo, López, Gaviria… y a la Mazzucato.
