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Las consecuencias de detentar el poder siempre terminan en la afrodisíaca costumbre de no querer soltarlo o de querer transmutarlo cuando le ha sido esquivo a quien, en algún momento, lo pudo detentar. En el mundo, cuando la política era normal, los partidos hegemónicos buscaron ampliar su tiempo en el poder. Franklin Delano Roosevelt, el presidente mejor calificado por los norteamericanos, ejerció la presidencia por cuatro periodos; solo lo derrotó la muerte. En México fue famoso, durante cerca de 70 años, el llamado “dedazo”, que no era otra cosa que señalar al sucesor al final del sexenio bajo el manto del Partido Revolucionario Institucional (PRI), al que el premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, definiera como “la dictadura perfecta”, en razón de la forma férrea como esa colectividad gobernó ese país durante siete décadas.
En Colombia tuvimos ejemplos de guiños efectivos para perpetuar ambiciones políticas o de intentonas estratégicas para continuar en el poder. Las más recientes se dieron del lado del político más influyente de lo que va corrido del siglo XXI: Álvaro Uribe Vélez. Desde que ganó la presidencia en 2002, en la primera vuelta (es el único que ha logrado acceder a la Casa de Nariño evitando, en dos ocasiones, una segunda vuelta), comenzó a forjar su permanencia en el poder. No en vano, gracias a su inmensa favorabilidad, provocó el cambió de la Constitución Política por décimo octava vez para aprobar, con todas las estratagemas de sus mayorías en el Congreso, el famoso “articulito” y poder así reelegirse para un segundo periodo.
No contento con esa demostración de poderío presidencial, impuso a su sucesor: Juan Manuel Santos. Santos I bautizó a su antecesor, el mismo día de su posesión, como “el segundo Simón Bolívar”. Sin embargo, en párrafos posteriores del mismo discurso, comenzó la primera negación de Uribe. Ese 7 de agosto de 2010, luego de finalizado el besamanos en Palacio, con la confirmación de algunos miembros del gabinete y la idea de sacar “las llaves de la paz del fondo del mar”, el nuevo mandatario de los colombianos comenzaba, sobre los hombros de su mentor, a desmarcarse para darle rienda suelta al santismo. Santos II ganaría su reelección, en 2014, derrotando al candidato de su más acérrimo contradictor y acompañado por fuerzas totalmente opuestas al uribismo, al tiempo que enfocaría su nuevo mandato en hacer la paz con las FARC, los más enconados enemigos de su antiguo bienhechor.
La segunda negada la protagonizaría un joven político desconocido en el país hasta 2014, cuando hizo su ingreso al Senado de la república de la mano de Álvaro Uribe: Iván Duque Márquez. La bancada del Centro Democrático (CD), liderada por el expresidente Uribe, le entregó todo el protagonismo a este abogado formado en las mejores universidades de los Estados Unidos. Duque descolló, sobre todo en materia económica, y se ganó el espacio para enfrentar el reto de retornar al poder luego del cisma entre santistas y uribistas. En 2018, Duque se convertiría en el presidente número 60 de la República de Colombia. Con el paso de los días comenzó un distanciamiento ininteligible entre lo que podría denominarse duquismo y los más enconados uribistas. Senadores y senadoras del CD se alejaron del presidente en ejercicio con la idea de ubicarse del lado del expresidente-senador, alimentando así las discrepancias. Conclusión, al epilogo de ese mandato hubo una muy fría relación entre el heredero y el dueño de los votos.
La tercera negada comenzó el pasado 20 de julio. El nuevo presidente, Abelardo de la Espriella, y algunos de sus colaboradores decidieron alejarse de a quien el nuevo inquilino de la Casa de Nariño, con su propia voz, dedicara la famosa ranchera “El Rey”, para aludir que Uribe, en materia política, seguía siendo el ídem. Con la creación de su nuevo partido de corte radical de derecha, Defensores de la Patria, De la Espriella comienza el tercer capítulo de las negaciones del exmandatario.
Uribe es bueno para las elecciones, pero negado para mantener padrinazgos.
