Construir un relato amplio y a fondo sobre los resultados de las elecciones resulta muy difícil, salvo para los especialistas. En consecuencia, las percepciones de los ciudadanos que simplemente tratamos de informarnos y estamos interesados en el futuro de este país, son como piezas de un rompecabezas que no se acaba de armar. Por esa razón presento algunas mías así, como meros apuntes para un análisis que necesita de tiempo y digestión, y que probablemente los hechos irán modificando.
Comienzo por lo obvio: lamentable un país que no aprecia a gente íntegra y aguerrida como Angélica Lozano, Jorge Robledo y Juan Carlos Losada, y en cambio vota masivamente por políticos cuestionados y con maquinarias aceitadas, como Wadith Manzur o Karen Manrique. Pero también qué alegría que se hayan quemado politiqueros como Richard Aguilar o Miguel Polo Polo, la estrepitosa Lina Garrido, los Comunes, a los que se les acabó su cuarto de hora, la disociadora Íngrid Betancourt, y tantos otros por el estilo.
Por otra parte, lo que estamos viendo ahora es que muchos candidatos quieren correrse hacia el centro, o aparentar que lo son, pensando que esa es la estrategia que les va a dar el triunfo. Y eso, a pesar del desprecio que han mostrado la derecha y la izquierda por el centro-centro, representado por Fajardo, un hombre honesto y con experiencia, que ha escogido como fórmula a la extraordinaria Edna Bonilla; y del poco apoyo a la centroizquierda de Claudia, a quien este país no le acaba de reconocer su capacidad y su berraquera. Abelardo, por ejemplo, ha elegido como fórmula presidencial a José Manuel Restrepo, un exministro competente e intachable, pero que inexplicablemente, arriesgando su prestigio, ha condescendido a hacerle el juego al tigre, que lo usa para lavar su imagen guerrerista. Da grima verlo posar haciendo el saludo militar al lado del diletante De la Espriella, el Bukele criollo.
Cómo será de rabiosa la ultraderecha de De la Espriella, que logró que Paloma —con la que de pronto podría aliarse— parezca ahora dizque de centro. Y es que en política nada suele ser lo que parece. Ella también intenta verse moderada echando mano de Juan Daniel Oviedo —un tipo respetable, pero un enigma a la hora de gobernar—, que logró astutamente venderse como el más progresista de la consulta, a pesar de su trayectoria de confeso uribista. Tal vez por su aire desenfadado, por asumir de frente su diversidad sexual, y por reconocerle alguito a Petro.
El único que no aspira a tener que ver con el centro es Cepeda —otro enigma— que, en gesto simbólico, ha escogido a Aída Quilcué, una mujer valiente, a la que ojalá traten mejor de lo que trataron a Francia. Él, un radical de porte severo, envía así el mensaje de que, al estilo Petro, a quien secunda en todas sus ideas, gobernará básicamente con —y seguramente para— sus aliados. Nada de abrirse a lo distinto.
Hablando de lo que es pero no es: muchos de los votos por Roy fueron tácticos, de los que querían fracturar la izquierda. ¿A dónde irán a parar esos votos? ¿Y los de Claudia, que anunció que le ganaría al uribismo? ¿Y cómo se explica que el impresentable Quintero —que las encuestas decían que triplicaba a Roy— se haya desinflado así? ¡Y las preguntas que faltan!