Es altamente probable que, si usted menciona en una reunión que a alguien conocido le “sacaron” de sus cuentas bancarias una suma considerable, todos tengan algo similar que contar: que al vecino, al papá, al amigo o a ellos mismos también les pasó. Los delitos informáticos se han multiplicado de manera escandalosa debido a que, con la ayuda de la inteligencia artificial, los ladrones actualizan sus estrategias delictivas para eludir las políticas de seguridad de las entidades comprometidas. Actualización que, por lo visto, es mucho más eficiente que la de los mismos bancos.
Las modalidades son muchas, y ya están catalogadas. Una de las más conocidas es el phishing, que se vale de correos electrónicos, llamadas telefónicas o mensajes de texto con el fin de extraerle a la víctima datos de sus tarjetas, sus cuentas bancarias o sus claves. El aviso de una compañía de reparto sobre una dirección no encontrada, una citación a un juzgado, una supuesta multa por infracción de tráfico puede hacer que un desprevenido caiga, a pesar de las campañas de concientización. Pero en la era de la digitalización hay otras múltiples maneras de engañar incautos: hackeo de celulares, suplantación de identidad digital, creación de páginas web falsas, transferencias no consentidas, llamadas telefónicas que son celadas, y un largo etcétera, porque la imaginación de los pillos es infinita. Y no todos los que caen son desinformados e imbéciles. De ese modo pueden, como en algunos casos que conozco, saquearle a alguien en término de unas pocas horas las cuentas de tres bancos distintos, o hacer compras durante un mes en un supermercado porque las alertas y los extractos se los envían al teléfono y al correo del suplantador de identidad. Lo que hace que los usuarios repitan, a menudo, que esos delitos “deben tener la complicidad de algunos empleados del mismo banco”.
Lo peor de todo, sin embargo, es que ahora los bancos se han organizado para no responder en ningún caso por sus propias falencias. Que a veces llegan a ser tan graves como la que tuve que enfrentar hace unos años cuando a las dos de la mañana vi impotente cómo me vaciaban la cuenta, mientras intentaba vanamente comunicarme con la dependencia donde uno puede bloquear “sus productos”. Algo que jamás logré porque, como el mismo banco me explicó después, en las noches de los feriados no atienden ese tipo de emergencias. Pero el punto neurálgico es el siguiente: yo dejo mi plata en un banco porque es una entidad confiable para que me la protejan, y a la hora del hurto ellos se limitan a corroborar: “Sí, le sacaron la plata”. A continuación, las sospechas recaen sobre el cliente, que debe empezar a probar que él no violó los protocolos del banco. Como dice una amiga: los bancos son como los parqueaderos, donde uno paga para que le guarden el carro, pero en la boleta le recuerdan que ellos no se responsabilizan por el vehículo. En un 99 por ciento de los casos a usted le informarán, con lenguaje burocrático, que ellos no responden por lo que están en obligación de blindar con las tecnologías más avanzadas. Por tanto, la víctima, o se resigna o busca un abogado, que le cobrará una buena suma sin garantía de éxito. Hasta en eso hemos perdido la confianza.