11 Jan 2014 - 11:17 p. m.

Bandazos

Piedad Bonnett

Piedad Bonnett

Columnista

Los colombianos nos alegramos inmensamente cuando leemos que los accidentes de tránsito ocasionados por conductores borrachos se redujeron en un 53%. Buena parte de ese logro se debe sin duda a la ley sobre alcoholemia que el presidente respaldó públicamente con gran bombo.

Y, sin embargo, y a riesgo de aguar la fiesta, me uno a las sensatas voces que ya empiezan a dar un debate sobre la naturaleza de dicha ley y lo que puede acarrear, por la forma en que está planteada, en este país donde abundan los borrachos y los corruptos. En un magnífico artículo, extenso y muy bien documentado, el profesor Elías Sevilla Casas subrayó varias cosas: los riesgos de arbitrariedad y equivocación por parte de la Policía a la hora de usar el alcoholímetro, la confusión que existe dentro de dicha ley entre alcoholemia y embriaguez y el fundamentalismo evangélico que hay detrás de ella, ya que es una conquista del MIRA, partido que se relaciona estrechamente con la Iglesia de Dios Ministerial de Jesucristo Internacional (¡Vaya nombrecito!) También Lorenzo Madrigal habló de las desmesuras de esta ley, y ya son muchas las voces —incluida la del general Palomino— que anticipan que los niveles de corrupción de la Policía de Tránsito se incrementarán. Yo añado que, a la larga, muy poco se logra por la vía del terror, que en este caso inhibió hasta a los más abstemios. En ninguna parte del mundo se prohíbe manejar a una persona que se ha tomado con el almuerzo una copa de vino. Esa dosis es normal en toda cultura civilizada. O si no, en España o Francia los conductores de automóvil se reducirían, con esta ley, a la mitad.

Pero más allá de eso, y como bien lo explica el profesor Sevilla, grado cero de alcoholemia no equivale a embriaguez. Pero como aquí todo es desmesurado, pasional, como no conocemos el justo término y vivimos de bandazo en bandazo, pasamos de la impunidad total a sancionar a cualquier ciudadano que se haya tomado una cerveza. De ahí que la ley produzca el síndrome muy colombiano de sentir que vamos a ser declarados culpables aunque no hayamos cometido ningún pecado. Nos revisan la maleta en un aeropuerto y empezamos a creer que detectaron cocaína. Ahora, si nos paran en un retén después de que nos dieron una copa de vino con una tajada de ponqué, empezaremos a temblar porque nos van a juzgar como borrachos.

Está muy bien que se endurezcan las leyes, y mucho, contra los conductores que manejan ebrios, pero sin irracionalidad; y no hasta el punto de hacerlas ineficaces. ¿Qué colombiano promedio puede pagar los $28 millones de multa? Ya empezaremos a oír de sobornos: con tres o cuatro millones muy seguramente que algunos policías se pliegan.

No es sólo con multas como se cambia una cultura absolutamente permisiva con el alcohol, como ha sido la colombiana. Tan desfachatadamente permisiva que la salud y la educación se alimentan hace mucho de las rentas que dejan los licores en los departamentos. Regulación, educación y campañas preventivas agresivas como las que se han hecho con el cigarrillo tendrían que ir de la mano de medidas punitivas verdaderamente eficaces.

 

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