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Bogotá camina segura

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Piedad Bonnett
08 de marzo de 2026 - 05:07 a. m.
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No puedo imaginarme el terror que debió sentir Diana Ospina durante las 40 horas que estuvo en poder de los hombres que la mantuvieron secuestrada, vendada y encapuchada en Ciudad Montes, mientras vaciaban sus cuentas bancarias. Ni su angustia cuando la abandonaron en horas de la noche en un lugar solitario de la vía Bogotá-Choachí, temiendo no ya solo a sus verdugos sino a cualquier depredador que se encontrara en su camino. Una sensación que, incluso en situaciones normales, sentimos las mujeres cuando caminamos de noche o cruzamos un puente o un parque solitario: miedo a la agresión masculina. Al robo, a la violación, en el peor de los casos al asesinato.

Parece increíble que sea peligroso tomar un taxi en la calle, pero lo es. Los consejos que trae la prensa que se ha ocupado del caso suenan tan absurdos como el que dio Petro hace unos años: para que no le roben el celular, no lo saque en la calle. Lo que diría una mamá a un hijo y no un gobernante a un ciudadano. Veamos algunos de los que han dado las autoridades: “Observe el interior del taxi y confirme que no haya personas ocultas”; “evite tomarlo en la calle en zonas solitarias”; “mantenga a la mano su celular para emergencias”, y muchas otras cosas por el estilo. Qué horror tener que aleccionar así a la gente joven, condenándola a la paranoia y a la idea de que vivir con desconfianza es algo normal. Lo más triste es que en la lista de consejos dados por las autoridades el primero es “prefiera acudir a las plataformas”. ¡Pero si llevan años de años persiguiéndolas! ¡Si no han sido capaces de regularlas, y a fuerza de golpes dañaron el servicio que ofrecían!

Lo increíble es que en muchos casos no se cumple la regla más básica: que el vehículo exhiba el cartel que identifica al conductor. Ni siquiera muchos de los taxis autorizados del aeropuerto la llevan, como he podido comprobar una y otra vez cuando llego de viaje. Y eso que El Dorado es un punto vulnerable, porque allí arriban muchos extranjeros incautos, que se desconciertan frente al tumulto de los que en las puertas ofrecen “¡taxi, taxi!” sin que ninguna autoridad intervenga. Hace unos meses tomé yo uno en la fila establecida, que era conducido por un muchacho de unos 20 años que no llevaba la identificación obligatoria. No habíamos andado más de diez minutos cuando recibió una llamada que indicaba que su casa había sido robada. A partir de ahí no soltó el teléfono mientras manejaba en zigzag y a una velocidad vertiginosa, soltando toda clase de improperios, el más liviano de los cuales era “gonorrea”. Cuando le aconsejé que llamara a la policía dijo que esos “h. p. malparidos” eran cómplices de los que robaban. Y procedió a dar instrucciones a un interlocutor sobre a quiénes debían “caerles con toda”. Finalmente, decidí que era más seguro para mí que me dejara en un lugar a medio camino, que seguir a merced de semejante joyita.

Ahora se sabe que el conductor que recogió a Diana tiene antecedentes penales. Y es que ni siquiera eso pueden garantizarnos las autoridades: que al volante no vaya un delincuente. La conclusión: con este “paseo millonario”, y con el del profesor Neill Felipe Cubides, la confianza de la ciudadanía queda gravemente minada. Y afectados los conductores honrados, que son muchos.

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