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15 May 2022 - 5:30 a. m.

Caminar sola

Hay noticias que revelan lo peor de una sociedad, de una cultura: sus falencias, sus desigualdades y más. Eso sucede con la que dio cuenta, hace unos días, de la atroz violación de una niña de 16 años en la vereda La Vega, cercana a Cáchira (Norte de Santander). Una noticia que, como tantas en este país de horrores, salió a la luz por unas horas en los medios y luego se hundió en la niebla de lo fugaz, arrasada por tantas otras atrocidades cometidas a diario.

La niña se llamaba Karina Blanco y debía caminar diariamente 40 minutos por un camino que atravesaba fincas, hasta llegar no a su colegio, sino a la carretera donde todavía debía tomar un bus. Para llegar a la hora debida, tenía que salir de su casa antes del amanecer, a las cinco de la mañana, un esfuerzo enorme que hacen diariamente cientos de niños campesinos para los que llegar a sus escuelas es una tarea llena de dificultades, que a menudo los obliga a cruzar por puentes averiados, trochas empantanadas y otros escollos. De hecho, según leo, la niña iba calzada con botas de caucho para sortear los pantaneros de este invierno.

No quiero imaginar el miedo que debió sentir cuando notó que un individuo la seguía. El mismo miedo del que habla Rebecca Solnit en Recuerdos de mi inexistencia: “La amenaza de violencia se aloja en la mente. El miedo y la tensión habitan el cuerpo. Los agresores consiguen que pensemos en ellos; han invadido nuestros pensamientos. Aunque no llegue a ocurrirnos ninguna de esas cosas terribles, la posibilidad de que se produzcan y los recordatorios constantes hacen mella”. Solnit lo dice hablando de las ciudades, pero este miedo, en Colombia, también habita en el campo. El desenlace nos estremece: el agresor violó a Karina, le propinó dos puñaladas y la lanzó al río.

Pero la historia de horror no termina ahí. Como se sabe, la niña había enviado a alguien cercano una imagen del hombre que la perseguía, y gracias a esta, algunas personas de la comunidad, después de una corta pesquisa, lo encontraron en una finca donde trabajaba como jornalero. Sólo sabemos su nombre, Alexánder Carrillo, y que tal vez era un colombiano nacionalizado en Venezuela, de donde había regresado hacía unos meses. Y digo era porque, una vez entregado a la policía, mientras lo trasladaban a la subestación de policía, un grupo enfurecido se interpuso y —en la nariz de la misma policía, desoyendo el llamado del alcalde y de la personera—, acudiendo al siempre injustificado recurso de hacer justicia por su propia mano, lo mató a golpes y machetazos.

El diario Vanguardia testimonió la despedida colectiva del cadáver de Karina. Ahí, en su edición del 5 de mayo, me topo con que uno de los carteles llevados por los estudiantes decía: “No estaba borracha, no vestía corto, no estaba en un bar, salió al colegio como todos los días…”. Lo que ese texto sugiere es que es fácil explicarse la violación de una chica si está borracha o vestida de cierta manera, pues se sobreentiende que habría provocado a su atacante. Qué indignación: en una comunidad herida, lo que a algunos se les ocurrió fue esgrimir ese viejo argumento machista y de un relativismo moral inaceptable, pero que a menudo se usa para eximir de culpa al agresor.

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