En estas elecciones tengo muy claro por quién voy a votar. Desde luego no será por Abelardo, representante de la ultraderecha en su versión Trump y Bukele, que lo que ofrece es mano dura, y que es antiderechos, machista, autoritario y violento en su lenguaje —ha dicho que destripará a la izquierda— y además snob, farandulero, inconsistente, milagrosamente convertido al catolicismo y promotor de cadenas de oración después de confesarse ateo. Sin ninguna experiencia en cargos públicos, De la Espriella se apoya de forma vergonzante en politiqueros poderosos y adelanta una campaña que vale sumas exorbitantes.
Tampoco votaré por Paloma, una persona trabajadora —todo hay que decirlo— pero que durante años ha sido una uribista recalcitrante, que en 2015 declaró, sin mosquearse, que el Centro Democrático pensaba promover en el departamento un referendo para “decidir si partimos el departamento en dos. Uno indígena, para que ellos hagan sus paros, sus manifestaciones y sus invasiones, y uno con vocación de desarrollo donde podamos tener vías, se promueva la inversión y donde haya empleos dignos para los caucanos”. Que acaba de afirmar que perseguirá a los políticos “como ratas”, que cree que la JEP es “un tribunal de impunidad”, que ha mostrado reticencias con la despenalización del aborto y, sobre todo, que es una incondicional de Álvaro Uribe, un político turbio al que ve como un padre, y a quien propone, si gana, como ministro de Defensa.
Considero a Iván Cepeda un senador serio y un aguerrido militante, pero tampoco votaré por él, porque no parece un hombre preparado para gobernar. Cauteloso como el que más, ha usado la ambigüedad y el silencio selectivo como una estrategia para no pronunciarse sobre muchos temas importantes, como su cercanía con el chavismo; pero, sobre todo, no votaré por él porque, como Paloma, se ha mostrado incondicional con Gustavo Petro, su protector, a quién —acaba de decirlo—, como primer acto de su gobierno, le hará un homenaje. Ni una crítica sobre su deliberado derrumbamiento del sistema de salud, el descaro de hacer la paz con el Clan del Golfo, la corrupción rampante de su partido, la irresponsabilidad de aumentar la deuda pública, el desprecio por la institucionalidad, su retórica de odio y la desvergüenza de rodearse de ineptos y de personajes cuestionados, como Benedetti o Morris, y pérfidos, como Guillermo Alfonso Jaramillo.
Me parece que Fajardo es un hombre con experiencia, serio y con un buen programa de gobierno, que merece todo mi respeto. Pero esta vez votaré, como lo hice ya en consulta, por Claudia López, una mujer de carácter, muy bien preparada, trabajadora y honesta, progresista, sin miedo a exponer sus ideas. Por ella, que se le enfrentó a Uribe con valentía admirable, que manejó muy bien la pandemia —con errores, como todo el mundo—, que ha sido matoneada hasta por el presidente, y que, en estos tiempos simplistas, tiene lo que más necesitamos: pensamiento complejo y firmeza democrática. Claudia no se rinde, ni tampoco los que creemos en el voto de opinión. Tal vez nos digan ingenuos. Pero votar, no por el menos malo sino por el que creemos, es nuestra declaración de principios.