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De comienzos y rituales

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Piedad Bonnett
18 de enero de 2026 - 05:07 a. m.
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Siempre he pensado que lo mejor de diciembre es enero. Más exactamente la primera quincena, en que las ciudades se ven desocupadas, y la vida, a los que no nos vamos a las playas atestadas, nos da una pausa que puede aprovecharse para leer, caminar, o simplemente sentarnos a mirar pasar las nubes. En los primeros días de enero nos reponemos de ese mes infernal que es diciembre, con su tráfico endemoniado, su fiebre comercial, la alegría por decreto y el mandato de regalar a diestra y siniestra. De la Navidad, hoy por hoy fagocitada por la sociedad de consumo, tal vez solo se salva lo más sencillo: el ritual del pesebre, el mito que lo acompaña y la felicidad de los niños al recibir los regalos. Nada más.

A medida que envejezco aprecio más los rituales, con su carga simbólica y su función de celebrar “el acontecimiento”: el nacimiento, la boda, el cumpleaños, la ceremonia funeraria, la fiesta popular. Los rituales nos recuerdan el paso del tiempo, nos cohesionan como comunidad, nos señalan el cambio. Por eso soy de las que celebran la llegada del nuevo año (no con gorros y pitos) por su poder de encender en los espíritus las ganas de desear, de soñar, de planear, de creer. De revelarnos que, si algo se cierra para siempre, también se abre. De permitirnos sentir la incertidumbre de todo comienzo.

Los humanos, que tendemos a aburrirnos de hacer siempre lo mismo, nos inventamos, inspirados en la naturaleza, que es maestra en ciclos, los rituales para celebrar los nuestros. Los que experimentan más frecuentemente los comienzos y los finales son los que habitan en lugares donde hay estaciones, que traen aires renovadores e influyen en el vestuario, las celebraciones, las costumbres y el ánimo, en general de manera estimulante, aunque no siempre: se sabe que las depresiones graves y los suicidios de las personas con vulnerabilidades mentales aumentan en primavera y verano, entre otras razones porque no ven la mejoría que esperaban alcanzar después de los lúgubres inviernos. Los días soleados y el renacer de la naturaleza pueden hacer que se sientan más solos frente a la euforia de los demás. Los que vivimos en el trópico, en cambio, no sabemos sino de soles y de lluvias, que con los efectos del cambio climático ya ni se sabe cuándo son. Y no es loco preguntarse cómo nos afecta esa monotonía climática.

En fin, para volver al principio: lo triste, lo inevitable, es que de la plácida pausa de principios de enero nos saca, en general brutalmente, la realidad política, que no solo es cambiante —pero sin sabiduría alguna—, sino que en estos tiempos apocalípticos nos genera desasosiego, rabia y desesperanza. Se me ocurre que la única posibilidad de no dejarnos desmontar de golpe y porrazo del fugaz ensoñamiento de principios de año es repetirnos que, ya que el mundo no cambia, podemos perseverar en la idea de cambiar nosotros, ojalá tratando de cambiar el mundo. Y a los que se sienten desdichados de volver a la rutina —entre los que no me cuento— les regalo estos versos de Gil de Biedma a propósito del regreso inevitable al pobre lunes, tan denostado siempre: “Pero después de todo, no sabemos/ si las cosas no son mejor así,/ escasas a propósito… Quizá,/ quizá tienen razón los días laborables”.

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Victor Manuel Ramirez Solano(20390)Hace 41 minutos
Para quienes tuvimos navidades que disfrutamos junto a nuestras familias, la alegría no llega por decreto sino por tradición y bellos recuerdos. El fin de año nos invita a reflexionar, y el inicio a proponer metas que sean la guía de nuestros pasos. Feliz año!!!
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